La humanidad de los billetes


Una de las cosas que se llevó por delante el euro fueron los billetes de francos franceses que, aparte de bellísimos, contenían una idea genial: en la esquina inferior derecha del reverso figuraba impreso un texto legal en el que se advertía que falsificarlos estaba penado con hasta treinta años de prisión y tres millones de francos de multa. De este modo, los monederos falsos se veían obligados a copiar en la plancha, cuidadosamente, su propia condena futura, y luego imprimirla miles de veces, como una profecía ominosa. No es que fuese disuasorio, pero al menos era una ironía metaliteraria.

Porque posiblemente eran ellos, los falsificadores, de los pocos que se molestaban en leer aquel texto de advertencia. La gente, en general, se fija poco en los billetes, a pesar del valor que les da y lo mucho que los usa, como demuestra lo que acaba de suceder en Australia, donde se han imprimido 400 millones de billetes que contienen una errata. En un texto que acompaña la efigie de Edith Cowan, la primera mujer que se sentó en el Parlamento australiano, la palabra responsibility (responsabilidad) aparece como responsibilty. De los millones de personas que han tenido en sus manos los billetes, solo una se ha dado cuenta del fallo. Lo que quiere decir que pocos se han tomado la molestia de leer lo que tenía que decir la sufragista Cowan, que era lo de siempre.

Se puede alegar que en esta ocasión la letra en la que aparecía la errata era minúscula. Pero recuerdo otro caso de hace algunos años, en el que una emisión de monedas chilenas llevaba el nombre del país escrito como «República de Chiie» (sic), y nadie se dio cuenta en casi dos años -lo que me incluye a mí, que estuve allí por aquella época y pagué con esa moneda sin percatarme del fallo-. La paradoja es que nos gusta el dinero, pero le prestamos poca atención.

Esto es especialmente llamativo porque el billete es el gran bestseller literario. Lacónico y alfanumérico, pero bestseller al fin y al cabo. No creo que haya nada que se imprima o se haya imprimido más, y aunque siempre decimos que los más editados son la Biblia, el Quijote o El principito, el texto de más éxito me temo que sea el yuan chino o el billete de dólar. Hay 500.000 millones de billetes en circulación, y su número aumenta a razón de un 3 % al año. Solo en Estados Unidos se imprimen 38 millones de billetes cada día. Del de 100 dólares circulan ahora mismo once millones y medio de ejemplares, sin contar las falsificaciones. Así que su famoso lema, In God We Trust, debe ser la frase más veces impresa en la historia, una perfecta aleación de fe y materialismo.

Nada, seguramente, pasa con más rapidez de mano en mano, en todo el mundo, que el billete de banco. Su vida es breve, y va entre los cinco años que, como media, resistía en circulación un billete de 500 euros hasta el año que suelen aguantar los de cinco y diez euros. Reproduce las diferencias entre países: los de las naciones pobres están mucho más gastados. Reproduce las diferencias sociales: los billetes de menos valor se deterioran más rápidamente, mientras que los de denominaciones más altas se cuidan más, se atesoran en lugares más seguros y, en consecuencia, gozan de mejor salud. Sucio, lleno de patógenos, desigual, efímero, codiciado y despreciado, el billete de banco, a base de tocarlo, se ha acabado contagiando de nuestra humanidad, de lo que somos. Que tengan errores es lo menos que se podía esperar.

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