Mano de hierro en guante de seda


Supieron que algo grave pasaba al ver el encerado en blanco, sin el esquema que preparaba en clase, en su afán por hacer comprensibles los misterios de la ciencia para jóvenes enamorados de su pasión por el conocimiento. En su despedida, el profesor de química dejó la miel en los labios para quienes serán su última generación de adeptos, ahora unidos a otros cientos de personas -miles tal vez, que se encontraron en algún momento de sus vidas con Alfredo Pérez Rubalcaba, en cualquiera de sus polifacéticas actividades.

La política es, sin duda, la que le ha hecho pasar a la historia de la democracia española. Combinó fuerza y sutileza en la relación con sus adversarios, ya estuvieran en otras formaciones políticas o en la suya propia. Su voluntad de entendimiento y la capacidad para negociar el mínimo común múltiplo, frente a la obstinada y frecuente tendencia de buscar el máximo común divisor, serán también parte de su magisterio.

A él se debe el recuerdo de la primera legislatura de Zapatero como presidente como una etapa de grandes pactos para sacar adelante leyes complicadas, y casi revolucionarias, sin tener la mayoría necesaria para hacerlo en solitario. Lo recuerdo dirigiendo las reuniones del grupo parlamentario, que compartimos, con mano de hierro y guante de seda. Decía Da Vinci que la sencillez es la máxima expresión de la sofisticación. Quiero pensar que estaba imaginando a un Vitrubio de la ética semejante al hombre que acaba de abandonarnos. Rubalcaba, in memoriam.

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