Cuando el político tiene sentido de Estado


Lo fue casi todo en política, salvo ser presidente del Gobierno. Casi tres décadas de servicio público, con lo desagradecido que es en este país ser servidor público y político además. Diputados en seis legislaturas. Se va uno de los últimos animales políticos que este país alumbró. Sin duda piel de otras generaciones donde la palabra, el diálogo, a pesar de la confrontación ideológica, lo podían todo. Incombustible. Tuvo además, aparte de una gran capacidad analítica, la virtud de saber leer los tiempos y la oportunidad del momento en política. Humano, humanista, cercano, comprometido con los valores democráticos y la libertad, pero también con el valor de la palabra, de la tolerancia y la pluralidad a través del diálogo.

Fue un hombre cabal, serio, con gran sarcasmo e ironía, con una vasta cultura y capacidad intelectual muy por encima de compañeros y adversarios políticos, baste ver algunos debates televisivos con otros candidatos, sensato y con una gran dosis de lealtad y sentido de Estado, de ese mismo que ahora mismo adolecemos en las primeras filas de la trinchera, a la que de nuevo, han sumido los políticos de hoy el juego de la política.

Posiblemente encarnó mejor que nadie al personaje de Maquiavelo. Querido y respetado por muchos, fue también denostado por sus adversarios sabedor de su valía. Hiriéndole creían que herían también a su partido en momentos donde todo valía.

Sin duda, una de sus grandes contribuciones a este país fue fraguar la derrota de ETA, sí, fraguar y derrota. Las dos palabras juntas. Que nadie se irrogue otras medallas que él merece. Pero como dijo una vez, no hace mucho, y en otro momento luctuoso, en España enterramos muy bien. Hoy llegan las alabanzas y las condolencias, merecidas y sentidas no vamos a decir que no. Pero también sufrió en carne propia los sinsabores de la política cainita, cínica y descarnada.

Se va un protagonista del felipismo y del zapaterismo con estilo único y propio. Con una oratoria extraordinaria, con visión de presente y de futuro, consciente de hasta donde se puede llegar y donde no, y que, incluso en el momento de su dimisión y renuncia a la secretaría del PSOE y con ello a las llaves hacia la Moncloa prestó su último servicio con la abdicación del jefe del Estado. Bien lo saben todos los protagonistas. Acierta la clase política y el Congreso de los Diputados despidiendo en su casa, el Congreso, a un referente de la política. Rubalcaba encarnó, con aciertos y errores, virtudes y defectos, que todos tenemos, como nadie el sentido de Estado que tanto hace falta hoy día. Y en estos momentos, ante el inicio de una campaña política y electoralista, figuras como ésta, ya se echan en falta. Sí, enterramos muy bien en este país, pero hace falta morirse para dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

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