Una dictadura en una grúa


maduro no tiene piedad. Es un sátrapa atrincherado en un helicóptero, el que le lleva entre el palacio presidencial de Miraflores, en Caracas, donde ejerce de marioneta de Diosdado Cabello, el verdadero factótum del chavismo, y Fuerte Tiuna, el complejo militar en el que duerme desde hace semanas por temor a una asonada. A ras de tierra, la mejor metáfora del desquiciamiento del régimen madurista es la que retrata la detención de Edgar Zambrano, el vicepresidente de la Asamblea Nacional, el único órgano legítimamente constituido en el país. Mientras Juan Guaidó se burla de las amenazas de Maduro y sus adláteres, el Sebin, el todopoderoso servicio de represión interior, cercena los sueños de libertad del pueblo intentando cortar las cabezas de los que trabajan por liderar una rebelión cívica ejemplar. Para detener a Zambrano, el Sebin echó mano de una grúa para violentar el fuero del diputado y llevarlo a presidio, sin garantía alguna, dentro de su propio coche, del que el diputado opositor se negaba a salir.

Maduro, rehén del verdadero círculo de poder formado por la élite militar y un puñado de empresarios que se han forrado a la sombra del régimen, demuestra cada día que solo le importa la poltrona. Poco le interesan los más de siete millones de compatriotas que, según los observadores internacionales, precisan ayuda humanitaria urgente.

Venezuela resiste, pero demanda una solución inmediata. El que una vez fue el país más rico de América Latina se desangra entre exiliados, huidos, detenidos, emigrantes forzosos, hambrientos y desabastecidos. Los venezolanos están hartos. El rey (Nicolás Maduro) está desnudo. Pero no quiere verlo. Quizá sería bueno que llamara a la grúa para irse.

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