La crucifixión de Pablo Iglesias


Nació en unas europeas. Se multiplicó hasta el infinito, y casi el más allá, en los platós de las teles amigas y sus infalibles espejos. Se presentó como vicepresidente junto a sus presuntos ministros. Siempre un pelín partícula acelerada. Hasta dijo que el cielo no se conquistaba por consenso, se hacía por asalto. Nada le ha funcionado al profesor de Políticas. Se ha ido dejando cadáveres de sus compañeros en las cunetas del camino. Tal vez por eso le guste tanto Juego de tronos, que regaló a Felipe VI. A su lado le queda Irene Montero, que lo supera claramente en liderazgo. De aquel sueño que tuvo que ver con la revuelta de Sol a la pesadilla de perder más de un millón trescientos mil votos. La gente no es tonta. O no tan tonta como la piensan los políticos. Además de todos los navajazos que dio para seguir siendo el jefe compró un chalé en Galapagar, con el que se asestó el definitivo golpe a sí mismo. La poesía de su discurso dejó de encajar con la prosa de la realidad. ¿Cómo asaltar el cielo siendo el primero que se va a vivir en el paraíso gracias a los privilegios de la política? ¿Cómo insultar con lo de la casta cuando uno es parte destacada de la casta con su escolta en la puerta, con su comando de asesores que le siguen a todas partes? Pero la fuga de votos no tuvo que ver solo con la compra del chalé con muro ni con los camaradas abandonados, desaparecidos o liquidados. No. Los votos se fugaron por puñados hacia su jefe, que no es otro que Pedro Sánchez. Pablo Iglesias se crucificó por ambición. No es más que el maletero de Sánchez. Y, cuando uno se convierte en eso, muchos prefieren votar al jefe que al empleado, al original que a la copia. Podemos sirve a su señor, el PSOE. Y los socialistas encima le toman el pelo y volverán a gobernar en solitario. Como mucho le sacarán un par de ministros independientes para disimular. Y otra vez a vender supuestos acuerdos en ruedas de prensa con las que Pablo Iglesias se fundirá hasta acabar siendo la Izquierda Hundida de Garzón que él mismo fagocitó en Podemos. Pablo Iglesias, como todas las pasiones exageradas, pasó de las miradas sicalípticas a la frialdad del desamor, del enamoramiento al veneno del odio. El que más te quiso es el que mejor te odia. No falla. Como escribió Marcel Proust sobre Gilberta: «Me parecía tan bonita, que con gusto hubiera vuelto sobre mis pasos para gritarle, encogiéndome de hombros: Es usted feísima, ridícula, repulsiva». Es lo que tiene la política de extremos. Las exageraciones. De la mentira de eres el mejor, contigo, sí se puede, a la mentira de estás acabado, eres lo peor. Pablo Iglesias está crucificado en la realidad del medio. Eres el tipo que le echa gasolina al Falcon de Sánchez para que el presidente siga volando.

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