Europa en llamas


El incendio de la catedral de Notre Dame es la metáfora más brutal, y a la vez más dolorosa y trágica, de la Europa en llamas. Las fascinantes páginas de Víctor Hugo leídas en la pubertad, esas arterias que irrigan las aurículas y ventrículos del continente, se han convertido en ceniza. Al igual que el esqueleto amante de Quasimodo se transformó en polvo cuando intentaron arrancarlo de su abrazo eterno con la gitana Esmeralda.

Ardió la catedral y ardió su inquilino vitalicio, dos entidades refundidas en la misma alma por el genio creativo del autor de Nuestra Señora de París. El Quasimodo de Notre Dame. Dicen los latinistas que el nombre procede del introito del segundo domingo de Pascua: Quasi modo géniti infantes, «casi como niños recién nacidos». Víctor Hugo lo utiliza para definir aquel ser deforme y contrahecho, casi humano, que se entrañó en las piedras del templo gótico.

El jorobado de Notre Dame, casi humano, singular representación de la casi Europa y de sus deformidades. De esa Europa que ha extraviado su rumbo y abandona paulatinamente sus principios fundacionales. Desfigurada por las jorobas de los nacionalismos y populismos reaccionarios, las corcovas de la insolidaridad y la xenofobia, cada vez más ensimismada, que observa impertérrita cómo asoma la giba del fascismo que consideraba extirpada para siempre. La Europa del malvado archidiácono Follo, que renuncia a explorar y conquistar el noble corazón que late entre las taras físicas de Quasimodo. Sístoles y diástoles que marcaban el rumbo de la construcción europea.

Ardieron ocho siglos de historia. Porque debajo de esas gárgolas y vidrieras se forjó la convulsa historia de Europa. Al abrigo de esas bóvedas fue coronado y consagrado el emperador Bonaparte, asaltante de tronos e invasor de reinos, pero también propagador de los tres conceptos que adornan el frontispicio de las democracias occidentales: libertad, igualdad, fraternidad. Recinto sagrado y laico, altar para la beatificación de Juana de Arco y almacén de víveres de los sans culottes, sus torres soportaron estoicamente los asedios de los pirómanos y dos guerras mundiales. Los más afamados artistas contemporáneos, el neoclásico David, el fauvista Matisse, los impresionistas Manet o Pissarro o el cubista Pablo Picasso, retrataron con sus pinceles ese trozo atormentado pero incombustible de la historia europea. ¿Cómo no ver, entonces, a través del fuego que devoraba Notre Dame, un aviso de la muerte definitiva de Quasimodo o la profecía del derrumbamiento del proyecto europeo?

Quienes solo han visto la destrucción de un monumento histórico de incalculable valor artístico no deben preocuparse. Las ruinas multiplicarán el negocio turístico y la catedral será reconstruida. Sobrará dinero y mecenas y medios técnicos para devolver cada piedra y cada viga a su sitio. La desolación se ceba en quienes concebíamos Notre Dame como un símbolo. Reconstruir el ideal europeísta, recuperar los latidos del corazón de Quasimodo, se me antoja empresa enormemente más difícil.

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