¿Por qué apoyar una zona franca en A Coruña?


En los últimos años la desigualdad regional ha aumentado en España. No es un fenómeno particular, sino que es general en la mayor parte de los países europeos. Tal preocupación contribuye a generar una polarización social y a subrayar ciertos patrones espaciales. Generan, asimismo, muchas tensiones añadidas al trascender a la propia economía. Para corregir dichas tendencias, las comunidades autónomas han definido sus propias estrategias económicas competitivas. Sus objetivos tratan de paliar dicha desigualdad territorial a través de la optimización de sus recursos y factores disponibles, así como mejorando las actuaciones institucionales. Galicia no se ha caracterizado por la formulación de una política industrial sostenida en el tiempo, tal y como hizo el País Vasco. De ahí, la constante inestabilidad y deslocalización de las actividades industriales y la lentitud en la difusión de nuevas tecnologías.

En España la desigualdad económica regional dibuja una curva en forma de N, como si fuera la trompa de un elefante. Para responder a ello, las comunidades autónomas han iniciado una carrera desenfrenada en ofertar mejores condiciones para la atracción y captación de inversiones, sin poner freno a las asimetrías en las regulaciones concernientes a los ámbitos comerciales, laborales, financieros, tributarios, tecnológicos y los relacionados con las ayudas y estímulos. Hasta tal punto es la diferenciación territorial que el mapa económico español es un auténtico mosaico y lograr acuerdos de financiación autonómica, un verdadero sudoku.

Pero la desigualdad territorial también se produce en el interior de cada autonomía, gozando determinadas comarcas de mayores privilegios que otras. No solo, con ello, se defiende un localismo económico en una parte del territorio, sino que en ocasiones dichas ventajas locacionales están siendo utilizadas en perjuicio de otras áreas del mismo espacio autonómico. Es decir, lo que se critica para España, referido a la falta de armonización, es palpable en nuestra autonomía.

La cuestión de las zonas francas es un ejemplo de lo antedicho. Ha servido para estimular el crecimiento industrial del área de Vigo. Lo lógico es que también pueda servir para fomentar el desarrollo comercial e industrial de otras áreas, sobre todo de aquellas zonas que, como el contorno de A Coruña, poseen el mayor número de empresas exportadoras, un amplio potencial para mejorar su presencia en mercados exteriores y están dotadas de tecnologías para posicionarse en nuevos nichos de demandas globales y crecientes.

De esta forma, en vez de defender un exclusivismo territorial, deberíamos apostar por una Galicia policéntrica, en donde la cooperación y la competitividad sean las enseñas de un país moderno.

Por Fernando González laxe Catedrático de Economía Aplicada, Universidade da Coruña

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