España ha dejado de ser católica


La frase la pronunció Manuel Azaña, durante uno de sus magistrales discursos en las Cortes Constituyentes de la República: «España ha dejado de ser católica». Curiosamente, el cardenal Isidro Gomá le dio parcialmente la razón: «Sí lo es, pero lo es poco». El futuro cruzado de la causa franquista reconocía, en famosa pastoral, «la falta de convicciones religiosas de la gran masa del pueblo español», la escasa densidad del pensamiento cristiano y la poca atención que le prestaban los fieles.

 Claro que Azaña y Gomá hablaban de cosas distintas y con intenciones opuestas. El dirigente republicano se proponía eliminar a Dios de la vida pública, organizar el Estado laico y resituar la cuestión religiosa en la conciencia personal, esa esfera «donde se formula y se responde la pregunta sobre el misterio de nuestro destino». El cardenal, con la ayuda de Dios y del Estado confesional, pretendía regenerar el sentimiento religioso y levantar los pilares del nacionalcatolicismo que acabarían por fraguar, trece años después de su muerte, en el concordato de 1953: «La religión católica, apostólica, romana sigue siendo la única de la nación española».

Ocho o nueve décadas después, la aseveración de Azaña se ha cumplido a medias. España es un Estado aconfesional, pero no laico: la Iglesia católica goza de prerrogativas y mando en plaza que tal vez ya no se corresponde con los sentimientos religiosos de la mayoría. Los últimos estudios, incluidos los promovidos por la propia iglesia, certifican el vertiginoso proceso de secularización de la sociedad española. Dos tercios de los españoles siguen declarándose católicos de boquilla -los votantes del PP y del PSOE, los que más-, pero la mayoría no asisten a misa, ni se casan por la iglesia, ni confiesan sus pecados, ni cumplen la cuaresma, ni reciben el sacramento de la confirmación. A día de hoy, solo la quinta parte de las bodas se celebran por el rito católico y la mitad de los bebés no son bautizados.

La doctrina cristiana ha perdido peso como guía de conducta en España: solo la tercera parte de los católicos reconocen que sus creencias condicionan su toma de decisiones y aún son muchos menos -19 %- quienes admiten que influyen en su voto. Los padres de la iglesia predican en el desierto. Se oponen a los anticonceptivos, prohibidos por la encíclica Humanae Vitae, pero nadie les hace caso. Rechazan la interrupción voluntaria del embarazo, pero ocho de cada diez españoles aceptan la ley del aborto. Repudian el matrimonio entre personas del mismo sexo, o la regulación de la eutanasia, pero la mayoría de los católicos aprueban el uno y la otra.

El colofón lo pone una encuesta de Gallup. España, pionera en la adopción de medidas que afectan a la vida, la familia y el matrimonio, figura entre los dieciséis países menos religiosos del mundo. Quién te ha visto y quién te ve. Quizá la afirmación de Azaña, matizada por Gomá, cobra sentido con 88 años de retraso y de la esencia católica de antaño ya solo queda el poso cultural: el camino jacobeo o las procesiones de Semana Santa.

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