En un arrebato de lucidez decidí apagarlo todo y escaparme a descansar el fin de semana a algún sitio solitario donde poder encontrarme conmigo mismo y cambiar de tema.

No hace falta ir muy lejos, hacía tiempo que una pareja de amigos me habían invitado a visitar el pazo de La Saleta: «Mejor ven en primavera u otoño porque es cuando más se disfruta», y me pareció el momento adecuado para disfrutarlo.

Este tesoro, escondido en el corazón del Salnés gallego, es uno de los jardines privados más importantes de España, reconocido por la Unesco.

Dos hectáreas de jardín inglés cuyas camelias le han otorgado la calificación de Jardín de Excelencia Internacional de la International Camelia Society, y sus propietarios completamente integrados en la elegancia, la delicadeza y lo amable del entorno.

Dos horas de paseo por el Paraíso -que también era un jardín- y sensaciones análogas a las que sientes cuando ves animales salvajes en libertad.

La cualidad de este tipo de jardines es que son espontáneos y libres, al contrario que los franceses o italianos, cortados a cartabón y domados por la poda.

Me admiraron muchas especies, pero lo que más me atrapó fue el tronco de un árbol -creo que era una especie de madroño- que estaba mudando la piel y mostraba un tronco del tacto y color de un jade; acariciar ese tronco era como acariciar un potro. Sorpresas que se dan en Galicia.

La visita a los jardines de los pazos gallegos es más que recomendable para aquellos que aún son capaces de gozar con las plantas y las flores en un entorno apacible. Recomendable para descansar la vista de las pantallas, para sentir los colores y los aromas originales, para escuchar el lenguaje de los árboles y olvidar el de la gente, aunque sólo sea por unas horas.

Hay muchos ciudadanos a los que les gusta la naturaleza y sorprende que estas joyas galaicas no estén petadas de visitantes. Los visitantes -me decía la anfitriona- son mayoría extranjeros, ingleses, franceses, australianos, americanos, algún italiano y el resto españoles. En algo seguimos fallando para que nos sigan valorando más los de fuera.

La cosa iba bien hasta que frente a una ración de calamares en una tasca típica del sur -con parra desnuda y mesa de piedra en la entrada- un grupo de paisanos de al lado comenzaron a discutir del brexit, de Cataluña, de Sánchez, del papa, de Iglesias, de Venezuela...

Suerte tuve de haber cargado las pilas viendo tantas camelias que, además de su belleza, tienen la prudencia de no desprender aroma alguno, porque sin su recuerdo no hubiera podido aguantar media hora larga de tertulia de fragancias pestilentes.

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