España: el triunfo de la política amarilla


Con más o menos precisión, casi todo el mundo sabe de qué hablamos cuando lo hacemos de prensa amarilla o de amarillismo informativo: de una forma, escandalosa y poco seria, de transmitir noticias -exageradas e incluso deformadas- que no persigue otro objetivo que aumentar ventas o audiencias para maximizar así el beneficio empresarial, aunque sea al precio de degradar la labor informativa hasta convertirla en una caricatura de lo que debiera ser para cumplir sus genuinos objetivos: contribuir a la formación de una opinión pública libre.

 Pues bien, basta mirar alrededor para ver que la amarillización -si me permiten el palabro- se ha contagiado, como una grave epidemia, a la política de las más modernas democracias, cuyos principales protagonistas (los partidos y sus máximos dirigentes) han sucumbido a una forma vulgar e insustancial de desempeñar el importantísimo papel que tienen asignado para el buen funcionamiento del sistema constitucional.

Aunque es cierto que en España no hemos llegado aún a los extremos que ahora pueden verse por doquier -un partido dirigido en Italia por un payaso, un cómico que gana la primera vuelta de las elecciones en Ucrania, cantantes, boxeadores, o «reinas de la belleza» que compitieron como candidatos en el 2018 en los comicios mexicanos- todo indica que las elecciones generales de abril supondrán un paso de gigante en ese camino hacia la frivolización de la política, donde lo que importa no son los medios, sino los resultados.

Y no me refiero tanto, aunque resulte preocupante, a la entrada en liza de no pocos candidatos que mejor estarían en sus respectivas profesiones o en sus casas (la de los militares, aunque sean retirados, resulta sin duda la más grave, pues supone un paso atrás en el proceso de desmilitarización de la política iniciado con éxito rotundo en 1977) como a la construcción de una demencial agenda electoral. En ella dominan la baja calidad de los debates, la huida despavorida de cualquier tratamiento serio de los problemas políticos, sociales y económicos y, en suma, la obsesión por los mensajes publicitarios desprovistos de verdaderos contenidos sustanciales. Y todo, por supuesto, destinado a epatar a un cuerpo electoral al que en el fondo se desprecia, con el mismo objetivo con que lo hace el amarillismo informativo: mejorar los resultados electorales (la venta del producto), aunque sea al precio de sustituir los razonamientos por consignas que se parecen cada vez más a los anuncios de cualquier otro producto del mercado.

El PP habla de los neandertales y el aborto, Podemos reivindica el derecho de autodeterminación, el PSOE presenta un programa donde casi no se menciona el desafío secesionista, aunque sea el principal problema del país, y Ciudadanos se apunta a cualquier bombardeo con tal de salir en las portadas. Y la política amarilla gana terreno día a día sin que nadie se ponga colorado.

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