Cortés, y Napoleón, y los romanos, y...


No ha tardado nada el presidente López Obrador en caer en una de las tentaciones que acechan a cualquier buen populista: buscar un enemigo en el pasado con el que ocultar, o al que corresponsabilizar, de los desastres del presente. Aunque el pasado sea tan lejano como el de la colonización mexicana de Cortés a principios del siglo XVI. 

Obrador, que llegó al poder como un Mesías venido para liberar a México de sus males seculares, se encontró un muro infranqueable (la tupida red que conforman la miseria, la corrupción y la delincuencia organizada) y quizá por eso ha tirado de demagogia para manipular a los millones de mexicanos que sufren atónitos el deterioro de su Estado: basta ver las imágenes de las muertos colgados de los puentes de Ciudad Juárez para saber a qué punto ha llegado ese quebranto galopante.

No creo, sin embargo, que las respuestas críticas que ha recibido el populismo de Obrador, por más que verdaderas, sean las procedentes. Cierto que la conquista no la impulsaron los Borbones sino los Austrias, que aquella no hubiera sido posible sin la colaboración de los nativos, que la obra colonizadora dejó una herencia política y cultural extraordinaria, que el mestizaje se produjo en la América Hispana en un grado sin parangón y, en suma -el gran argumento-, que todo ello tuvo lugar hace cinco siglos.

Pero cuando Obrador proclama que «México desea que el Estado español admita su responsabilidad histórica por esas ofensas y ofrezca disculpas o resarcimientos políticos que convengan», la respuesta debe ser sencillamente una obviedad: que las responsabilidades históricas no se transmiten por herencia de ascendientes a descendientes y que pretenderlo expresa una concepción de las cosas medieval.

Fue la Constitución de Cádiz, que también estuvo vigente en el actual territorio mexicano, la que incluyó un principio esencial de la modernidad, que puso fin a una práctica brutal, vigente durante siglos: «Ninguna pena que se imponga, por cualquier delito que sea, ha de ser trascendental por término ninguno a la familia del que la sufre, sino que tendrá todo su efecto precisamente sobre el que la mereció» (artículo 305). Desde que nace el Estado liberal, las responsabilidades dejaron de transmitirse por herencia, o de afectar a las familias.

Por eso, el único principio histórico aceptable es, y no puede ser otro, que el de que cada quien se compromete con sus actos, cuando y como los realiza. ¿Qué responsabilidad tenemos hoy los españoles por lo que hicieron Hernán Cortés y los monarcas que armaron sus expediciones de conquista? Ninguna: en absoluto. ¿Cuál les corresponde a los franceses actuales por las rapiñas de Napoleón en media Europa? Pues las mismas. ¿Deben pedir perdón los italianos por las muchas atrocidades que se produjeron para hacer efectiva la romanización? ¡Hombre, seamos serios! Una cosa es ser un populista y otra ser un majadero.

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