El retorno de Pablo Iglesias


No he visto fervor ni entusiasmo en los rostros de sus seguidores. Ni arenga antisistema que galvanizase a sus huestes menguantes, ni rectificación del errático rumbo seguido por su formación, ni propuesta alguna para disputar al PSOE la hegemonía de la izquierda, ni capacidad de persuasión de que realmente sí se puede. El retorno de Pablo Iglesias no ha regenerado la ilusión entre los suyos y ha decepcionado a muchos.

Lo salvable de su discurso fueron los minutos iniciales. Un proemio que, como mandan los cánones de la retórica clásica, incluía una dosis de suspense prometedor: el líder iba a explicarnos la «puñetera verdad» aprendida en tres meses de reflexión y cambio de pañales. Pero el descifrado del enigma nos trajo la primera frustración. Resulta que, según esa verdad revelada, hay en España una veintena de familias que mandan más que los representantes de la soberanía popular. Ortega o Botín acaparan más poder que sus señorías del distrito de Lugo; y en el palco del Bernabéu se cuecen más habas que en la Comisión de Presupuestos del Congreso. Algo cierto y sabido por todo quisque, incluidos Íñigo Errejón, Pablo Casado y mi vecino del cuarto. Extraña que Pablo Iglesias tardase tanto tiempo en decatarse. Y alarma que, una vez decatado, no explique qué piensa hacer al respecto. Al menos en este asunto, Albert Rivera se muestra mejor informado y más coherente: puesto que el Ibex no pasa por las urnas, convierto en diputado a un ex ejecutivo de Coca Cola y ?¡ale hop!? consigo la fusión de poder político y poder económico.

La supuesta autoflagelación tampoco contribuyó a enardecer a la concurrencia. «Hemos dado vergüenza ajena con nuestras peleas internas». ¿Autocrítica o rapapolvo? La primera persona del plural incluye al líder, pero él estaba ausente, así que bien pudo decir «habéis» en lugar de «hemos». O también: «No os puedo dejar solos». Pero hubiera sido injusto, porque en el mitin no estaban Errejón ni Bescansa y sí, únicamente, los fieles que se mantuvieron en la ortodoxia. Se imponía, en buena lógica, la tercera persona: «han dado vergüenza». ¿Quiénes? Los que no están hoy aquí. Es decir, no hubo autocrítica, sino bronca a quienes se apearon del autobús.

Sospecho que lo más decepcionante para los indignados de otrora fue el tramo final del discurso. Las mesnadas convocadas para erradicar la casta política y asaltar los cielos tienen ahora la prosaica misión de conquistar un par de sillones en el Consejo de Ministros. El líder que dirigía la brigada de demolición del régimen del 78, lee a sus acólitos la Constitución y denuncia su violación por Casado y Rivera. Y el profeta de la utopía social se reconvierte en vigilante de la playa con la misión de enderezar al PSOE y rescatarlo de tentaciones derechizantes.

Como corolario, al PSOE se las ponen a huevo. Ciudadanos le despeja el solar del centro y Podemos le devuelve franjas de terreno que le había ocupado. A este paso, Pedro Sánchez, a poco que se descuide, puede convertirse en el primer latifundista de España. Y autosuficiente.

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