Armonía en peligro


muchos intelectuales nos observan desde sus libros o columnas, reflexionan sobre nuestros comportamientos y desconfían de lo que ven. Unos lo dicen con inquietud, como el escritor Arturo Pérez Reverte, y otros prefieren avanzar por tierras intermedias sin caer en el optimismo ni ceder al pesimismo. Pero la mayor parte ya acumulan desconfianzas, porque la armonía sociopolítica se ha ido fragmentando y cada líder se está rodeando de incondicionales -dentro de su partido- con el afán de desplazar y acorralar a sus contrarios. Como si ya no hubiese sitio para la menor disidencia.

 ¿Es preocupante? Si miramos nuestra Historia podemos alimentar serias dudas, porque en demasiadas ocasiones los españoles nos hemos vuelto unos tipos peligrosos para nosotros mismos y hemos acabado liándola. No creo que hoy estemos en ese trance, pero es cierto que hemos empeorado desde el momento en que acordamos con éxito la actual Constitución (1978) y ahora parece que no dejamos de rebuscar y darle vueltas sin mucho respeto. Un camino este que puede llevarnos a acentuar la gresca.

No quiero decir que haya motivo para un pesimismo excesivo, pero sí que conviene medirse la fiebre de vez en cuando para conocer nuestro estado. Porque a veces los pueblos descubren que están en un mal camino cuando ya se les ha ido el control de las manos. Y España ha demostrado en el pasado sus trágicas habilidades para demolerse a sí misma y enfangarse en el mal. Algo que, desde nuestra Historia de hoy, debería ser inaceptable. Porque sería, sobre todo, algo imperdonablemente suicida.

Contra ese pesimismo argumentan intelectuales y sagaces columnistas, sabedores de que la ceguera podría ser muy mala consejera. Nuestra historia es cosa de todos, ciertamente, pero ahora no todos quieren verla en su integridad ni desde los pedestales indispensables. Por el contrario, ocurre con frecuencia que cada interlocutor parece hablar de un Estado, nación o rincón que no acoge una definición global y compartida. Y por este mal camino sí que nos podemos desentender, confundir y, al cabo, confrontar. Es un inconcebible impulso suicida que deberíamos conjurar cuanto antes.

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