Las voces de los políticos

Según los lingüistas, los votantes prefieren tonos de voz bajos


Fue un momento muy simbólico. En el debate parlamentario del brexit, la primera ministra Theresa May se levantó y empezó a hablar con una voz extraña e inquietante. Parecía la víctima de una posesión diabólica, pero lo que pasaba era que se había quedado ronca del esfuerzo de convencer a Bruselas de que hiciese concesiones a su plan para la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Se lo tomó con humor, como hacen tantas veces los políticos británicos -una habilidad en la que superan a los del resto del mundo-. La noche anterior, May había estado discutiendo con Jean-Claude Juncker, presumiblemente a gritos. «Tendrían que oír cómo le quedó la voz a él», dijo.

Pero, en realidad, lo que parecía era que quien hablaba a través de ella era, precisamente, el mismo Juncker con resaca. Cuando May decía con esa voz ronca que «el brexit podría perderse», semejaba que el espíritu del burócrata dipsómano se había encarnado en ella. No se podía representar mejor el desastre de la gestión de May, quien, como la Sirenita de Andersen, perdía así su voz en castigo por haberse separado de los suyos e ir por su cuenta. Era como esa grandiosa escena del Danton de Wajda, cuando el revolucionario francés, en su juicio público por traición, arrincona al tribunal con su retórica de demagogo, hasta que se le acaba la voz y los jueces aprovechan su afonía para condenarle a muerte.

En efecto, las cuerdas vocales son el instrumento musical que acompaña la democracia, sobre todo en la política anglosajona, embebida en la cultura del speech. No sólo son la principal herramienta de un político, sino también el depósito de su identidad, y se tiñen de su ideología. Maduro, por ejemplo, ha adoptado las entonaciones del difunto Chávez. Se ha demostrado que en el parlamento escocés los nacionalistas tienen más acento cuando hablan desde la tribuna que en su vida cotidiana, mientras que con los unionistas sucede lo contrario. Y está estudiado que en Estados Unidos se puede distinguir a los congresistas republicanos y demócratas por cómo pronuncian, justamente, la palabra ‘Iraq’ -los republicanos con una ‘a’ corta y los demócratas con una ‘a’ larga.

Al parecer, los votantes también detectan subconscientemente esos matices, y eso se refleja en los resultados de las elecciones. Según los análisis que hacen los lingüistas, se prefieren los tonos de voz bajos, incluso en las mujeres políticas. Para ser más exactos, se ha calculado que, siendo el resto de los factores iguales, cuando un candidato tiene un tono de voz menor de 40 herzios que su oponente, sus posibilidades de ser elegido aumentan un 13,9 %. Quizá es por esto que la voz de Margaret Thatcher se iba volviendo más grave a medida que progresaba su carrera política, algo que puede comprobarse oyendo grabaciones antiguas de sus discursos. La leyenda dice que fue nada menos que Laurence Olivier quien le recomendó que trabajase su entonación con un actor del Royal National Theatre, y es verdad que se nota el regusto shakesperiano en algunas de sus frases más famosas en el parlamento, que eran como líneas del monólogo de Ricardo III dichas por el propio Olivier.

También la voz de Theresa May sonaba el miércoles trágica y teatral en Westminster. «Que tu voz no se quiebre como una moneda de oro pobre», advierte Hamlet a los actores. Sonaba a eso: a moneda de oro pobre, a trago de aguardiente en una mañana gélida, a fracaso. La laringe es el último refugio del político, y la suya se había rendido. O no. A diferencia del teatro, en la política el final no está escrito.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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