Médicos sin trincheras


Hace tres días se celebró el día nacional contra las agresiones a sanitarios.

Claude Lèvy-Strauss describió los elementos estructurales imprescindibles para poder llevar a cabo cualquier acto curativo: un médico, un enfermo y una comunidad.

El médico ha de tener una teoría explicativa acerca de la enfermedad y dominar un corpus terapéutico coherente con la misma.

El enfermo debe reconocer en el médico el saber y la capacidad para curar como algo previo para darle su confianza.

Por último, se necesita una comunidad que certifique que aquel ser humano enfermo ha sido curado por ese sujeto, a quien otorgará la condición de sanador.

Aparte de vocación, ser médico requiere un brillante expediente académico para superar el ingreso a la facultad, seis años de carrera enciclopédica, una oposición feroz para poder especializarse y media vida para conseguir una plaza estable; tiene que dominar idiomas, mantenerse al día, realizar trabajos de investigar, participar en planes de salud, cumplir objetivos asistenciales, desarrollar actividades docentes, fragmentar los ritmos de su vida con guardias de veinticuatro horas y saborear a diario el dolor, la angustia y la muerte.

El enorme logro que ha supuesto la conquista de una sanidad pública universal y gratuita es indudable, pero ha derivado en una perversión de los elementos estructurales antes descritos que acabará con ella.

El auge de la medicina tecnológica ha sido tal que el ‘objeto capaz de curar’ ha desplazado al ‘sujeto supuesto saber’ del médico, relegándolo a una especie de augur del dios máquina. El paciente se fía más de la tecnología que del hombre, la medicina se deshumaniza y el sistema de salud se arruina.

El médico se ha convertido en un dispensador de salud con el que no es necesario establecer ninguna relación especial y al que se acude con información sacada de Internet, el Código Penal y las hojas de reclamaciones bajo el brazo, obligándolo al ejercicio de una medicina defensiva en la que el paciente se convierte en una amenaza.

La sanidad pública se desangra porque el discurso político promete todo gratis y todo ya. Este error de base que pone el énfasis en los derechos, sin apenas advertir de los deberes de los ciudadanos para con el sistema, hace crujir las costuras de una excelencia y acabarán por reventar.

La imprescindible reconstrucción de la relación terapéutica necesita de un contexto incompatible con guardias jurados, botones de alarma en la mesa y cámaras de seguridad destrozando la privacidad que requiere el acto médico.

Con el agravante de que aún hay quienes se aprovechan de esta falla estructural para lucrarse.

Eso no es ejercer la Medicina eso es trabajar en la trinchera o en la Bolsa.

Por eso nos agreden.

«Aquí la gente tiene miedo»

Elisa Álvarez
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Aumentan las agresiones a médicos en 2018 También a enfermeras y resto del personal sanitario

Trece agresiones a médicos gallegos en un solo año, la mayoría a mujeres

«Aquí la gente tiene miedo. Esta misma semana tuve dos casos y una de las afectadas no quiso denunciar». José Manuel Bendaña, miembro del Observatorio de Agresiones de la Organización Médico Colegial y secretario del colegio ourensano, asegura que las cifras que anualmente recogen sobre agresiones a sus profesionales son la punta de un enorme iceberg. Y es que las trece denuncias de la estadística gallega durante el año 2018 son para los facultativos una cifra insignificante frente a la realidad.

Los datos se presentaron a nivel estatal en el Día Nacional contra las Agresiones en el Ámbito Sanitario, que por supuesto no solo afectan al personal médico sino también al resto de categorías. En España la cifra ascendió a las 490 agresiones, con una tasa más elevada que en Galicia. Así, si la incidencia fue en el conjunto de las comunidades de casi dos percances por cada mil colegiados, entre los médicos gallegos bajó a una por cada mil. El número de agresiones del 2018 es exactamente idéntico al del 2017 en Galicia, año en el que se registró la cifra más alta del decenio.

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