Banaliza, que algo queda


Lo mismo que reciben cursos de oratoria y de estilismo, los dirigentes de los partidos políticos debieran recibir uno de bioética. Solo así lograríamos que el debate sobre asuntos tan peliagudos saliese de los tópicos y alcanzase la hondura que se merece. Pero no, cual sofistas modernos, lo único que les importa es caldear el ambiente y tratar de llevar el ascua a su sardina. Solo así se explica que Pedro Sánchez saque a relucir el tema de la eutanasia en plena arenga mitinera junto a asuntos tan diversos como la reforma laboral, la elevación de los sueldos o los copagos farmacéuticos.

Dicho lo cual, y a la espera de que el Comité de Bioética de España se manifieste al respecto, si es que alguna vez lo va a hacer, ¿eutanasia sí o no? Claramente, no. Por dos razones. Abrir ese melón cuando sabemos que no estamos prestando los cuidados debidos en el final de la vida a buena parte de la población por falta de recursos, por muchas leyes que hemos aprobado, me parece totalmente indigno. Yo sería el primero en pedir la eutanasia si no se me están controlando el dolor y los síntomas refractarios, si no se me proporciona el indispensable soporte emocional, incluido el acompañamiento espiritual, si no puedo pasar mis últimos días en mi casa con la debida asistencia sanitaria o, en su defecto, en una habitación hospitalaria individual. Pero, claramente, la mía no sería una decisión libre sino provocada por las circunstancias, y la sociedad estaría violando no solo mi autonomía, sino otros principios éticos tan básicos como la no maleficencia y la beneficencia.

La segunda razón tiene que ver con lo que está pasando en los países en los que se ha despenalizado la eutanasia. Al principio, el consenso era firme y unánime en aceptar solo la eutanasia para enfermos terminales mayores de edad. En la actualidad ya la han aceptado para pacientes psiquiátricos y para niños. Ahora debaten si no debería estar también permitida para personas ancianas que simplemente están cansadas de vivir. Estos derroteros, qué quieren que les diga, me parecen peligrosos y me asustan muchísimo.

Desde mi experiencia acompañando enfermos en el tramo final de sus vidas, les puedo asegurar que lo que estas personas demandan son unos cuidados de calidad y que no los dejemos solos ante el duro trance de la muerte, no piden la eutanasia. Por eso, no acepto ideologías y soflamas que no hacen más que banalizar el mal, que ocultan el verdadero problema y nos alejan de consensos básicos sobre asuntos tan importantes.

Por José Ramón Amor Pan Doctor en Teología Moral, codirector del Master de Bioética del Colegio de Médicos de A Coruña, la UDC y la USC

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