El fútbol: de la pasión a la ira


Todas y todos hemos oído alguna vez que «el fútbol levanta pasiones», incluso esta frase ha pasado a formar parte del márketing dentro de este deporte explotada por los clubes, las empresas de gestión como la La Liga y/o de telecomunicaciones. Con este eslogan se busca conectar con la afición desde un punto de vista emocional, impulsivo, por lo tanto menos racional, instintivo y primario. Si bien es cierto que el deporte rey provoca una intensa reacción neuro-química con efectos sobre el estado emocional que experimentan muchos miembros de la afición durante el partido, también estamos viendo que puede llegar a sacar lo peor de cada uno: actitudes y comportamientos intimidatorios, agresivos, además de sexistas y discriminatorios. No sólo durante los partidos, sino también en momentos previos (grupos radicales en las inmediaciones del estadio) y posteriores (por ejemplo, cuando el árbitro ha tenido que salir del recinto escoltado por la policía).

Si queremos buscar una explicación a este fenómeno podemos acudir, entre otros, al concepto empleado en psicología como ‘el secuestro de la amígdala’, fenómeno que David Goleman atribuye a situaciones de alto estrés e intensidad emocional, ante las que el individuo se siente sobrepasado por los estímulos del ambiente y responde de una manera impulsiva e incontrolada que deja vía libre a la ira. Pero una explicación científica nunca va a servir como justificación o disminuir nuestra responsabilidad ante tales comportamientos, se produzcan en un estadio o en un supermercado.

Últimamente vivimos envueltos en una sociedad que oferta y realiza demandas en muy poco tiempo. Nos relacionamos con nuestros compañeros, vecinos, familiares, profesores de nuestros hijos, etc. de una forma estresada que demanda respuestas individuales inmediatas al ritmo que otros las consumen, quemada (burnout) y llegando a un punto hater (odiador) que ha encontrado en las redes sociales un altavoz sin cumplir el requisito previo de identificación. Siguiendo estos nuevos patrones nos hemos acostumbrado, primero, a actuar, y después, si es preciso, a reflexionar y analizar la información que recibimos y nuestras decisiones al respecto.

Volviendo al mundo del fútbol, cabe destacar los episodios en los que los progenitores utilizan la agresividad y la violencia hacia el árbitro, hacia los jugadores rivales o entre ellos desde las gradas mientras sus hijos ponen toda la carne en el asador dentro del campo. Es importante poner sobre la mesa las expectativas de algunos progenitores, que sueñan con que su hijo sea algún día una estrella del fútbol, con toda la presión que esto conlleva para los menores. Ni que decir tiene que estos comportamientos no representan los valores que el deporte promueve (respeto, igualdad, tolerancia, solidaridad, trabajo colaborativo, en equipo, etc.), ni tampoco son modelo de convivencia cívico-social (donde los progenitores tienen un rol como educadores que trasciende otros ámbitos como el centro educativo, el club deportivo, etc.). No es la primera vez que los entrenadores y los clubes han denunciado esta situación y se han visto obligados a tomar decisiones como no hacer públicos los resultados del partido o crear una escuela para padres de menores futbolistas. Moraleja: los progenitores no estamos logrando ser el modelo que deberíamos de ser y, por tanto, necesitamos que nos enseñen a recuperar el sentido común para que los pequeños que nos observan estén orgullosos de nuestro legado.

Por Sandra Carracedo Psicóloga

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