El circo parlamentario que viene


N o quisiera yo deprimir al personal, pero si a alguno le ha parecido que el parlamentarismo español ha tocado fondo con el espectáculo grotesco que hemos vivido desde las elecciones generales del año 2015 es porque no sabe la que se nos viene encima tras el 28 de abril. Ciertamente, hemos visto en este tiempo cosas que, de no haberlas presenciado, no creeríamos. Por primera vez en democracia un Parlamento surgido de las urnas fue incapaz de elegir a un presidente del Gobierno en cinco meses y se celebraron dos sesiones de investidura fallidas. Las elecciones tuvieron que repetirse y España estuvo diez meses sin Gobierno. Y otro hecho insólito fue que, solo una semana después de que el jefe del Ejecutivo obtuviera el apoyo de la mayoría del Congreso para aprobar unos Presupuestos, ese mismo Parlamento depuso al presidente del Gobierno para sustituirlo por otro respaldado por los partidos independentistas catalanes y los herederos de Herri Batasuna, que aseguran que no son españoles y no reconocen autoridad ni a las Cortes, ni al Constitucional.

Pero, por encima de todo ese caos político, es el propio Parlamento español el que se ha degradado hasta límites inimaginables, convertido en un circo en el que, más que a un debate político, hemos asistido a auténticas performances. Baste recordar a Pablo Iglesias besando en la boca a su compañero Xabier Domènech o invitando a una diputada del PP a «calentarse» con uno de sus compañeros. A los diputados de Compromís llegando al Congreso acompañados de una banda de música. A Gabriel Rufián con su impresora, sus esposas y su numerito semanal, o al diputado Jordi Salvador lanzándole un lapo en plena sesión al ministro de Asuntos Exteriores, Josep Borrell. Y todo ello, en un Congreso convertido en un pandemonio en el que los argumentos se sustituyen habitualmente por gritos de «¡mentiroso!» «¡fascista», «¡golpista!» o «¡hooligan!».

Si todo esto ha sucedido en las dos legislaturas más lamentables e improductivas de nuestra democracia, imaginen en qué se puede convertir el próximo Congreso con la irrupción en la cámara de decenas de diputados de un partido de extrema derecha como Vox, aficionado también a la política del espectáculo y cuyo líder, Santiago Abascal, no tiene reparos en retratarse con un yelmo en la cabeza prometiendo que con él comenzará «la reconquista de España».

Los sondeos indican que después del 28A más de cien de los 350 escaños del Congreso estarán ocupados por diputados de Unidos Podemos, Vox e independentistas varios, más propensos al happening, la provocación y la ocurrencia que a las propuestas y argumentos para resolver los problemas reales de los españoles. O mucho me equivoco, o gobierne quien gobierne lo que ya hemos visto puede palidecer frente a un Parlamento en el que separatistas, populistas y ultraderechistas convertirán los debates en shows, números circenses y riñas de taberna que podrían concluir retándose a resolverlas a tortas en la calle. Que dios nos coja confesados.

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