El «brexit» revela el ahogo de Europa


La Unión Europea no es una idea brillante, sino una necesidad perentoria que nos impuso la historia en contra de las reticencias masivas de pueblos y gobernantes. Por eso conviven en ella el racaneo propio de los nacionalismos y las identidades -que se llenan la boca con legitimidades y destinos trascendentes- y la absoluta necesidad de recurrir a mínimos de unidad que nos vienen exigidos para vivir en un mundo que cada vez se muestra más arisco y competitivo, en el que la división es sinónimo de suicidio. Nadie se atreve, por eso, a denunciar el proceso de unión. Pero sí hay muchos que apuntan a la idea de un equilibrio estático -no avanzar ni retroceder- que, por parecer más plausible, resulta más peligrosa.

De esa miseria nos habla el brexit, cuya esencia consiste en que una de las naciones más poderosas y avanzadas del mundo, que durante más de dos siglos consideró muy oportuno globalizar -con fusiles y bayonetas- su comercio y su cultura, apuesta ahora por el círculo cuadrado: ser europea para la seguridad y el negocio, y ser británica, sólo británica, para todo lo demás. Para eso se articuló un brexit muy emocional y nada racional, que prometía mantener todo el negocio y toda la seguridad de Europa, sin aportar nada -ni dinero, ni solidaridad, ni interculturalismo, ni acervo común- al proceso de unidad.

Pero los círculos cuadrados no existen, ni son imaginables. Y por eso los flemáticos ingleses han caído en el enorme disparate de gastar dos años de su preciada historia en preparar una salida de Europa que en el fondo no quieren. Un brexit intrínsecamente contradictorio, que sólo ha conseguido descarrilar la política británica, para ofrecer el inesperado espectáculo de un Westminster patético, bloqueado e ingobernable.

El mensaje que dan es tan importante, tan necesario y tan dramático que los poderes de Bruselas hacen muy bien -¡y ya era hora!- en no tratar al Reino Unido como se hizo siempre: como a un niño caprichoso al que se le consienten y facilitan todos sus antojos. Porque este descarrilamiento del poderoso Reino Unido, derivado de su ostensible intento de imponerle a la UE todas sus ocurrencias y conveniencias, debería servir de ejemplo para cualquiera que pretenda emprender la estrafalaria aventura de descubrir y conquistar el círculo cuadrado.

El Reino Unido, que siempre fue paradigma del buen gobierno, de democracia eficiente y estable, y del debate útil, ingenioso y ponderado, es hoy un triste ejemplo de lo que pasa cuando la política -sutil arte para la construcción de países, libertades y bienestar- discurre por los cauces del populismo, la improvisación y el cortoplacismo. Ningún país superó tanta osadía. No la resistió, in illo tempore, Alemania, y no parecen poderla resistir, en condiciones infinitamente menos dramáticas, ni los Estados Unidos de América ni el portentoso país de la democracia más útil y ejemplar del mundo. Porque hace más daño un tonto como Cameron, que el que pueden rectificar cien sabios como Pericles.

La UE extiende su sutil receta para desbloquear el «brexit»: un segundo referendo

Cristina Porteiro
El negociador de la UE para el «brexit», Michel Barnier, en presencia del eurodiputado británico Nigel Farage
El negociador de la UE para el «brexit», Michel Barnier, en presencia del eurodiputado británico Nigel Farage European Parliam

Bruselas exige a Londres poner fin al caos político antes de pedir una prórroga al divorcio

Quieren un brexit, pero no el que la primera ministra británica, Theresa May, negoció con la UE. Quieren dar un portazo a la UE, pero sin asumir riesgos ni efectos secundarios. Quieren amortizar a May, a costa del futuro de su país, sin exponer su propio pellejo. En esas están los diputados británicos de Westminster. El texto del divorcio sigue secuestrado y sin visos de salir adelante a solo 15 días de decir adiós. La premier ya lo da por perdido y a Bruselas se le ha agotado la paciencia.

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