Los colmillos de Albert Rivera


Los instintos más primarios afloran en tiempos de primarias, de democracia participativa, de unidad popular, mantras de la decadente «nueva política» que hacen bueno el «dime de lo que presumes...». Esta imagen de Albert Rivera antes del affaire Castilla y León es premonitoria: Albert anaranjado, todos sus poros rezumando sudor, enseñando al mundo los colmillos, cejas arqueadas, nariz en escorzo, dedo índice acusador, escuchándose a sí mismo por el pinganillo de telepredicador, de showman de teletienda con butterfly pillow a precio irrisorio. Ese gesto son todos los gestos. Vale para dibujar la gloria y la desesperación, la victoria, la furia y la frustración. Ese gesto era, en fin, señal encriptada del estado del líder al que los sondeos miran mal: tan capaz de alumbrar tiernos pucheros como, hágase tu voluntad, burdos pucherazos.

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