El debate electoral tiene utilidad y sentido cuando cumple tres condiciones. Que se le reconozca al adversario -de cuya opinión se discrepa- la buena intención y la lealtad democrática. Que se aborden problemas o proyectos para los que hay más de una solución racional, aunque cada una de dichas soluciones tenga prioridades, costes y efectos distintos. Y que el ciudadano no sea llamado a hacer un juicio de valor sobre buenos y malos, o sobre puras intenciones, sino sobre la virtualidad y los efectos de las medidas que se le proponen. Si no se cumplen estas condiciones, si cada uno se cree en posesión de toda la verdad, y si toda discrepancia se resuelve en términos de buenos y malos, es evidente que no estamos ante un debate político, sino ante una película de vaqueros, en las que la atribución inicial de los papeles de bueno y malo determina todo el desarrollo del film.
Si nos paramos a observar en qué estamos gastando el tiempo y el dinero del actual período electoral, enseguida nos daremos cuenta de que el debate político brilla por su ausencia, mientras el devaneo maniqueo - «la derecha es mala por naturaleza, y solo piensa en hacer sufrir a la gente»; y «la izquierda es demagógica e ineficiente, y solo sabe derrochar dinero y poner el país al borde de la catástrofe»- invade todos los espacios físicos y mediáticos. A lo único que nos animan es a distinguir a los ángeles de los demonios, a los que quieren que España sea feliz de los que nos quieren pobres y tristes, y todo para llegar a la absurda conclusión de que siempre está bien lo que hacen los buenos (que son guapos, disparan con rapidez, tienen un caballo que corre como un rayo y están enamorados de una chica virtuosa), y mal lo que hacen los malos (que son feos, jamás atinan en el blanco, tienen un caballo más lento que un buey, y pasan sus tardes en el saloon, bebiendo whisky y sufriendo gatillazos en sus amores mercenarios).
El sistema maniqueo consiste en que, en vez de explicar el mundo en su conjunto, para orientar sabiamente su gestión, se establecen dos principios enfrentados -el bien y el mal- que esterilizan todas nuestras acciones e intenciones, dividen el sentido de nuestras demandas, y soporta una infernal dialéctica que mantiene invariable la parte de bien y de mal que hay en el mundo. Y hacia eso vamos los españoles en esta campaña de buenos y malos -Pedro y Pablo-, o de gestores eficientes y populistas manirrotos -Pablo y Pedro-, que no avanza en el debate, ni resuelve ningún problema, y que nos va a meter en la próxima legislatura sin haber hecho compatible la política social con la sostenibilidad del Estado.
En este momento no debaten las cabezas, sino los estómagos y los instintos de poder. De lo único que nos hablan es de cómo identificar al ángel y al demonio. Y por eso tengo la sensación de que el día 28 de abril, en vez de elegir un parlamento y todo lo que de él se deriva, vamos a echar una quiniela en la que nos va a tocar -a unos y a otros- una larga pesadilla.