La epopeya feminista un día después


El gran sentido de la fiesta del que presumimos los españoles ya nos ha jugado algunas malas pasadas. Queríamos ser los dueños de la noche europea, y acabamos inundados de botellones y cocaína. Queríamos internacionalizar las fiestas más populares, y ya somos primera potencia en tomatinas, sanfermines de manada y borrachera, duchas de vino tinto y festivales playeros de estética abstracta y dudosa finalidad. Queríamos mostrar nuestra imbatible modernidad en la axiología LGTBI, y nos hemos quedado con el negocio fiestero del barrio de Chueca, en el que todos los valores que se dicen defender quedan ahogados en una exhibición hortera, rancia y antiestética que sólo se justifica por el negocio que genera.

Ahora también hemos decidido ganar la champions de la lucha contra la opresión patriarcal heterocrática y capitalista de la mujer; contra la discriminación legal y laboral impuesta por el machismo privilegiado de los banqueros, los empresarios y los curas; y contra los políticos mercenarios que se niegan a admitir que los hábitos sociales y las estructuras productivas que aún resisten el pensamiento único del feminismo 5G se pueden borrar de un plumazo desde el BOE, nuevo y extraño dios de todas las revoluciones. Por eso me temo que de aquí a que el Día de la Mujer acabe siendo un festival callejero -en el que los hombres harán grandes negocios- sólo nos falta el canto de un euro.

Los pasos esenciales están dados. Lo que era un movimiento social reivindicativo y rupturista se ha convertido en una fiesta oficial auspiciada por el Gobierno, las instituciones educativas, las empresas de comunicación, los influencers mejor instalados en el statu quo, los tertulianos y los líderes políticos -sean casta o populistas- que han oteado un gran negocio electoral. Carmen Calvo ya es la Simone de Beauvoir, estilo celtibérico, que conduce y enardece las masas. También tenemos un pensamiento único que -basado en ideas tan claras y potentes como ‘somos la mitad’, ‘ahora sí’, o ‘sin nosotras se para el mundo’-, introduce en la agenda política los discursos más extremos, las informaciones y teorías más endebles, y los objetivos más improvisados del ya ocurrente panorama político mundial. E incluso hemos logrado que, al ser una huelga o protesta en la que todos estamos del mismo lado, el Día de la Mujer haya iniciado su proceso de inexorable reconversión en una fiesta nacional -¡abajo el 12 de octubre!-, con carrozas, paradas militares, recepción del rey, procesiones, conferencias, bailes y fútbol. Todo… ¡menos toros!

Lo malo es que este follón se está sustantivando en una serie de medidas legislativas y políticas improvisadas en caliente, y redactadas a la medida de una dialéctica de confrontación que todo lo invade y degenera, que empieza a descoyuntar y producir osteoporosis en el esqueleto social. Por eso debemos pedir a Dios que, en vez de dar el gran salto de altura y longitud que estamos preparando -todo junto-, no acabemos en una silla de ruedas.

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