Una casa de los horrores


La cosa tiene que ser verdaderamente terrible para que los propios guardias civiles que han llevado a cabo esta operación la califiquen así. Y, ciertamente, a tenor de los datos que vamos sabiendo, lo de Cádiz resulta a todas luces espeluznante, dramático y cualquier otro sinónimo que ustedes quieran emplear.

Las preguntas se agolpan. Y no me refiero a la clásica (¿cómo puede haber personas que hagan esto?), porque el mal ha estado, está y estará siempre ahí: por eso es tan importante la labor de contención que corresponde a la ética, y que se la dejemos ejercer, claro está (porque por muy plural que sea nuestra sociedad hay una ética que nos concierne a todos). Los interrogantes que realmente me inquietan son aquellos que me llevan a preguntarme por los familiares de estos ancianos y por la obligada tarea de supervisión de las autoridades locales y autonómicas: ¿dónde estaban todos estos?

La población envejece. Su porcentaje en el conjunto de la sociedad es cada vez mayor. Lo sabemos desde hace tiempo. Como también sabemos que esto requiere una respuesta amplia y eficaz por parte del Estado y de la sociedad. De lo contrario, casos como el que nos ocupa, y otros similares, seguirán asomando a las páginas de los periódicos con tozudez, recordándonos que existen personas malas, que no estamos atendiendo bien a nuestros mayores y que, en vez de rasgarnos las vestiduras, debiéramos ponernos las pilas. Porque ya va siendo hora.

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