«Pasito a pasito» hasta salir del hospital

Olalla Sánchez, periodista de La Voz, cuenta la experiencia de sacar adelante a sus dos gemelas prematuras, a raíz del caso del bebé de 268 gramos


Cuesta no emocionarse al pensar en la felicidad de esos padres japoneses que han visto cómo su bebé prematuro, nacido con solo 268 gramos de peso, abandona el hospital. Es imposible no pensar en el día en que también viví esa alegría inmensa.

 Era casi noviembre pero aún hacía calor. Las enfermeras, con las que ya teníamos confianza después de 110 días de angustia y de recibir un cariño inmenso por su parte, sobre todo en los momentos bajos, nos esperaban con una sonrisa. Éramos los veteranos en la unidad de neonatos. Hacía días que sospechábamos que el alta hospitalaria estaba cerca pero por prudencia, por experiencia acumulada (ya habían sido demasiadas decepciones), por haber vivido esa montaña rusa de emociones, habitual en padres de esos bebés tan frágiles, que supone pasar en unas horas de un pronóstico esperanzador a uno reservado, y al revés, y por haber visto, y haber sufrido con mucha cercanía, cómo a pesar de la incontestable calidad y seguridad de la asistencia médica, la inmadurez se paga, y muy caro, ni lo quería pensar ni lo contaba. Durante esos meses aprendí a guardarme la situación real para mí.

«Pasito a pasito». Eso nos habían insistido los médicos. Y así habíamos actuado, a pesar de la carga emocional y el miedo que te quitaba el sueño. Celebrábamos pequeños avances (20 gramos de peso al día) como grandes alegrías, no desaprovechábamos ninguna oportunidad para estar piel con piel con el bebé e intentábamos no perder la esperanza ante las muchas complicaciones. Nacer antes de tiempo no es solo una cuestión de peso. Estábamos en las mejores manos y lo sabíamos, y esa era nuestra principal garantía.

El parto de Japón es solo una nueva prueba de que los avances médicos, a pesar de la intranquilidad por las secuelas, logran salvar vidas diminutas en situaciones límites. Cuando te ves en una de ellas, no hay palabras suficientes de agradecimiento ante los profesionales de la sanidad pública, por su excelso trabajo pero también por sus palabras tranquilizadoras, por su delicadeza, por lograr transmitirte energía, por un trato más que cercano (todos nos conocíamos por el nombre) y por conseguir que sobrelleves una situación de enorme tensión. Una de las escenas que retengo en la retina fue llegar un día al hospital con los nervios de punta y encontrar a una señora de la limpieza haciendo un alto para cantar una nana. Eso no se paga.

El día que dijimos hasta luego al CHUS (decir adiós con prematuros es difícil), todo el personal médico implicado vino a despedirnos. Para ellos también era una enorme alegría ver cómo esta larga historia de hospital terminaba bien. Te piden que vuelvas a verlos pasado un tiempo y no hay día en que no te paren por la calle. Al ver los avances, que también son suyos, ellos también se emocionan.

Por Olalla Sánchez Es periodista de La Voz de Galicia y madre de dos gemelas grandes prematuras

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