Portarse bien


Meter los pies en el charco con cinco años y zapatos nuevos. No hacer los deberes para jugar a la consola. Trasnochar e ir de reenganche al trabajo. Saltarse la cola por el carril de la derecha. Pillar el asiento de la ventana del avión cuando te ha tocado pasillo (o viceversa, que de todo hay en la tierra y en el cielo). Sobar con la mano la fruta del súper. Saltar la valla. Dejar el coche en segunda fila. Robar la toalla del hotel. Eso es portarse mal. O no portarse bien. Maltratar a alguien supone un salto de categoría. Va unos cuantos pueblos más allá de la travesura, de la picaresca, del Lazarillo que todos llevamos dentro. No merece solo una reprimenda. Referirse a un maltratador como «esa persona que no se está portando bien» es la consagración del eufemismo. Parece que solo falta el chascarrillo. «Ay, malandrín, que no te portas bien, vete a la esquina de pensar, anda». Las palabras no se caen de la boca al azar. El lenguaje importa. Parece que pasamos del inclusivo al exclusivo sin transición. En España está dura la batalla por las esencias de la ultraderecha. Estos días se escuchan reflexiones que suenan a otra época. Explicaciones paternalistas, muchas de hombres dirigidas a las mujeres. Solo falta que alguno suba tutoriales a las redes sociales. Señoras, esto es un embarazo. Esto es un aborto. Esto es un caso del maltrato. Está bien que los principales candidatos en las próximas elecciones generales, porque todos los partidos siguen apostando por líderes masculinos, ilustren a la población femenina para que no caiga en el histerismo cuando visite las urnas. A ver si ellas se portan bien. Que nos conocemos.

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