Se juzga a los golpistas, no a España


Jacques Vergès (1925-2013), letrado francés que por su tenebrosa actividad profesional llegó a ser conocido como «el abogado del diablo», explicaba en el más difundido de sus libros que en los procesos con dimensión política los acusados pueden elegir dos estrategias de defensa: la de ruptura y la de connivencia. En el segundo caso los acusados aceptan las reglas del juego para tratar de salir lo mejor parados posible de la causa. En el primero, impugnan la legitimidad del proceso a fin de convertir al Estado que los juzga en el auténtico acusado.

Los golpistas catalanes -los que se sientan en el banquillo y los que los apoyan desde la calle o las instituciones de la Generalitat- han decidido utilizar en el juicio que ayer dio comienzo en el Supremo ambas estrategias a la vez, repartiéndose entre ellos los papeles. Y así, mientras los procesados hacen lo que todos -utilizar a fondo para defenderse las armas del derecho-, los separatistas e izquierdistas que los apoyan proclaman por tierra, mar y aire que la nuestra no es una verdadera democracia, que en España no se respeta la división de poderes, que los jueces no son independientes y que el proceso a los implicados en la secesión es en realidad una farsa en la que a quien se persigue de verdad es al nacionalismo.

A nadie debe sorprenderle que Podemos y sus llamadas confluencias y que los nacionalistas de toda procedencia (del BNG al PNV, pasando por el separatismo balear o el valenciano) participen activamente en esa sucia campaña de burdas falsedades contra el sistema político español, pues la principal seña de identidad de todos ellos es el profundo desprecio que sienten por nuestra democracia que, perfectamente equiparable a las más avanzadas del planeta, es la mejor que España ha tenido a lo largo de su historia.

Ocurre sin embargo que el activismo político y social de quienes, con el pretexto de apoyar a los acusados, tratan de convertir a nuestro sistema político en el auténtico objeto del proceso, es muy superior en todos los terrenos al de quienes defienden la España constitucional. Sus enemigos son muchos menos, pero su capacidad de hacer ruido es incomparablemente superior.

Por ello es necesario estar prevenidos contra una campaña de desprestigio que, pese a expresarse en un discurso verdaderamente delirante, podría acabar afectando a todos esos españoles que se sienten siempre impresionados y acomplejados frente a la extrema izquierda y los nacionalismos.

El juicio a los golpistas catalanes es uno más de los muchos procesos penales que anualmente se celebran en España. Ni más, ni menos: con las mismas leyes, idénticas reglas e iguales garantías. La diferencia no esta ahí, sino sencillamente en el hecho de que, al contrario que los demás procesados, los separatistas creen que por serlo tienen patente de corso para delinquir. Tan increíble y tan fácil como eso.

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