Sánchez se va, pero su lastre se queda


Si, como parece probable, mañana le tumban los Presupuestos, Pedro Sánchez será un pato cojo cuya única misión pendiente es decidir si convoca un superdomingo electoral el 26 de mayo, lastrando así a su partido en las autonómicas y municipales, o si llama a las urnas el 14 de abril, como amenaza con la vana intención de presionar a los secesionistas. Sea cual sea la fecha, su paso por el Gobierno se resume en un absoluto fracaso. No solo no ha solucionado uno solo de los problemas de España que heredó, sino que los ha agravado, dañando además peligrosamente las instituciones.

 En Cataluña, deja una situación mucho peor que la que heredó. Según la conocida teoría del salchichón, cuando dos partes negocian, hay que imaginar que tratan de repartirse una ristra de embutido. Cada cesión equivale a cortar una rebanada y entregársela al rival, que se queda ya con ella para siempre. Si uno hace concesiones sin que la otra parte entregue una sola rodaja, levantarse luego de la mesa no deja las cosas como estaban. El salchichón a repartir será más pequeño, porque el oponente se queda con el trozo ya ganado. Desde que Sánchez hizo la inaudita cesión de admitir un «relator», eufemismo para designar a un mediador entre el Gobierno de España y la Generalitat, el separatismo querrá iniciar cualquier futuro diálogo partiendo de ese punto. Es decir, con un mediador, porque eso ya ha sido aceptado por un representante del Estado. Lo cortado está ya cortado, dirán, y ahora vamos a repartir lo que queda.

Y lo mismo cabría decir respecto a otras torpezas del Gobierno y el PSOE, como la de tomar posición, antes siquiera de que se inicie el juicio, a favor de un indulto a los independentistas que desde hoy se sientan en el banquillo del Supremo. Otra rodaja de salchichón que el secesionismo da como suya sin ceder en nada, y que pondrá como condición para sentarse a dialogar en el futuro. Sánchez sentó también un gravísimo precedente al forzar a la abogacía del Estado a cambiar de criterio y rechazar el delito de rebelión que siempre mantuvo que existió. Algo que da argumentos a los acusados para rebatir las tesis del instructor y de la Fiscalía.

Esa es la herencia envenenada que Sánchez deja a su sucesor, aunque fuera él mismo. Un independentismo crecido que da por hecho que el Estado español y la Generalitat están al mismo nivel, que ha conseguido a cambio de nada concesiones que ni soñaba hace muy poco tiempo, y con el que Sánchez, por cierto, no tendría más remedio que volver a pactar, con nuevas cesiones, si pretende gobernar tras las próximas elecciones en el caso de que dieran los números.

Convoque en abril o en mayo, la ambición personal de Sánchez ha causado un daño irreparable a su partido, ha fortalecido y envalentonado al separatismo, ha provocado como reacción el auge de la extrema derecha y ha menoscabado a las instituciones democráticas. Por perder, ha perdido hasta la batalla con la momia de Franco, que seguirá en el Valle de los Caídos cuando se celebren las elecciones. Enhorabuena, presidente.

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