En pulsos como el que se da en Venezuela el tiempo es la clave porque, en una crisis, es un producto escaso, y por tanto valioso. La justificación legalista que ha utilizado Juan Guaidó para proclamarse «presidente encargado», mejor o peor argumentada, tiene una fecha de caducidad inminente: si en treinta días no se han celebrado elecciones bajo su control, como manda la Constitución, esa justificación legalista desaparecerá en una confusión de interpretaciones del derecho. Es lo más probable. Nada indica que Maduro vaya a ceder a tiempo para que esos comicios se celebren y la expectativa de un golpe militar «a la portuguesa» se desvanece a cada día que pasa. Guaidó ha actuado inteligentemente al ofrecer una amnistía, puesto que la principal motivación de los generales para seguir apoyando al chavismo es el temor a represalias. Pero tras numerosos casos recientes en los que leyes de amnistía han sido luego revocadas, es una oferta que nadie se cree.

De modo que Guaidó tendrá que pasar pronto a una actitud puramente insurreccional. Y aquí el tiempo también vuelve a ser clave. El reto de Guaidó será mantener la tensión en las calles. Pero incluso si lo logra, inevitablemente, el ciclo de las noticias, en algún momento, se apartará de Venezuela para tratar otros asuntos. Maduro puede elegir alguno de esos vacíos para detenerle, si bien una vez que Guaidó haya sido reconocido por el resto de la comunidad internacional esto supondría un riesgo para el régimen. La esperanza de Maduro es más bien que el tiempo pase, la tensión disminuya y el intento de Guaidó acabe como las crisis del 2014 y el 2017, disipada por el agotamiento de los manifestantes y la dureza de la represión.

En cuanto a las sanciones económicas, tardarán mucho en hacer efecto y la experiencia anterior demuestra que, incluso cuando hacen de verdad daño, no son muy eficaces para derribar regímenes si estos tienen aliados poderosos. Por eso Guaidó también ha actuado inteligentemente al buscar una negociación directa con Moscú y con Pekín. El problema es que Moscú tiene un interés geoestratégico en mantener el régimen de Maduro mientras que China, paradójicamente, se beneficiará mucho si esta crisis se prolonga. Washington asegura que el boicot al petróleo venezolano privará al régimen de unos 11.000 millones de ingresos, pero lo más probable es que ese petróleo se redirija con grandes descuentos a China y la India, a donde ya va más de la mitad del crudo venezolano. De hecho, las sanciones dañarán mucho a las refinerías norteamericanas del golfo de México, que necesitan el petróleo pesado venezolano para mezclarlo con el petróleo ligero que se produce en el sur de Estados Unidos. Con las sanciones, no tendrán más remedio que traerlo de Oriente Medio, a un coste considerable. Si el régimen de Maduro tarda en caer, el lobby del petróleo no tardará en hacer presión para que Washington suavice las sanciones. El tiempo favorece ahora a Maduro. Como en una partida de ajedrez, Guaidó tiene que idear pronto alguna jugada para hacer que el reloj corra a su favor.

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El tiempo juega en contra de Guaidó