La privacidad, a tomar viento


Con un rápido vistazo a las hemerotecas del 2018 cualquiera puede concluir que fue un año horrendo para Facebook.

La red social sufrió enormes daños de reputación y multimillonarios desplomes de cotización por varios escándalos. El más gordo fue el de Cambridge Analytica. Un aparentemente inocente test de personalidad derivó en la sustracción de datos de millones de personas con fines políticos en las elecciones que llevaron al poder a Trump y en el referendo del brexit.

Los partidarios del divorcio del Reino Unido de la UE y los estrategas de la nueva ultraderecha norteamericana cabalgaron a lomos de noticias falsas y de anuncios pensados hasta el más mínimo detalle para influir en los electores.

Uno de los hombres más poderosos y arrogantes de la nueva economía digital, Mark Zuckerberg, tuvo que ponerse colorado y comparecer ante comisiones políticas donde le llamaron de todo menos bonito y le preguntaron, de manera elocuente, dónde había dormido. Calló y pidió perdón. Y los gurús profetizaron, una vez más, la ruina de Facebook, su partición en trozos y un éxodo masivo. Hubo más escándalos. Y nuevos augurios. Fallaron. Como escopetas de feria.

Llegó la hora de hacer balances y, sorpresa, sorpresa, la empresa ha logrado los mayores beneficios económicos de la historia y presume de tener 1.500 millones de usuarios diarios (sin contar esa estrella refulgente llamada Instagram o esa herramienta indispensable llamada WhatsApp). Ante estos datos surge, pertinente, una pregunta: ¿Sobrevaloramos la privacidad? 

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