¿Qué se puede hacer con los agresores sexuales de menores?


Algunos individuos, sin que sepamos todavía muy bien por qué, presentan una inclinación a orientar su deseo sexual hacia niños, incluso de edad prepuberal. Serían los sujetos a los que conocemos como «pedófilos». La existencia de personas con esta característica ha sido bien documentada desde tiempos ya remotos, y en la actualidad hay plena constancia empírica de su presencia y distribución homogénea en todo el mundo. Es fundamental aclarar que la inclinación sexual pedófila no implica en absoluto una tendencia automática, mecánica e inexorable a convertirse en agresor sexual de menores. Al igual que un varón heterosexual convencional, atraído por mujeres adultas, no suele mutar esa atracción en violaciones u otro tipo cualquiera de ataque sexual. Los sujetos pedófilos no han elegido ni «decidido» en modo alguno ser así. Además, todos los estudios recientes coinciden en señalar que la mayor parte de los pedófilos han aprendido a vivir con esa inclinación, a controlarla y gestionarla sin daños a terceros. Son los menos aquellos que transitan desde la pedofilia (un modo peculiar de sentir el deseo sexual) a la pederastia, esto es, el ejercicio de prácticas de abuso sexual a niños valiéndose de la seducción, el engaño, el poder, formas de dominio o, directamente, de la violencia coercitiva. Múltiples estudios en la última década apuntan a la elevada probabilidad de que la pedofilia esté condicionada por ciertas peculiaridades: factores endocrinos intrauterinos, modificaciones inducidas por estrés en períodos madurativos críticos, particularidades estructurales y/o funcionales en las estructuras corticales prefrontales y límbicas del cerebro, etcétera. Pero la evidencia disponible todavía no es concluyente (entre otras razones, por las enormes dificultades metodológicas que implican ese tipo de investigaciones).

 Existen multitud de estudios acerca de la eficacia de diferentes terapias con delincuentes sexuales, en general. Pero pocos con agresores sexuales de niños; y todavía menos, que reúnan criterios técnico-científicos de calidad. Se necesitan, por una parte, nuevos estudios con muestras representativas, con calidad en la recogida de datos y en el análisis de los mismos. Y, por supuesto, con unos períodos de seguimiento lo suficientemente prolongados que nos permitan aseverar con cierto rigor el grado de eficacia de cualquier intento terapéutico. Y, además, necesitamos de nuevas y buenas revisiones sistemáticas (mejor si utilizan el rigor de los procedimientos meta-analíticos avanzados) de los estudios disponibles.

El mejor meta-análisis reciente, desarrollado por prestigiosos colegas de la universidad de Oslo, resume la eficacia de un amplio número de estudios al respecto, llegando a acumular hasta 1.421 agresores sexuales de menores sometidos a terapia psicológica (básicamente, de enfoque cognitivo-conductual: reestructuración de creencias, control de impulsos, estrategias de anticipación, etcétera), cuya evolución fue comparada con 1.509 pederastas sin tratamiento. Se descartaron todos los estudios que no hubieran dispuesto de un período de seguimiento de al menos tres años. Desafortunadamente, los resultados no fueron nada brillantes. El efecto de la terapia sobre la tasa de nuevos arrestos y/o nuevas condenas en el período de seguimiento fue bastante débil. Y, además, los autores se quejan de la enorme dificultad que supuso encontrar un número de estudios que alcanzaran los estándares mínimos de calidad, lo cual dificulta notablemente la extracción de conclusiones sólidas.

Por otra parte, no ha dejado de intentarse el abordaje farmacológico de estos agresores. Eso que popularmente ha dado en llamarse «castración química». Un meta-análisis reciente de unos colegas italianos encuentra una gran diversidad en los resultados encontrados. Y los expertos están notablemente divididos al respecto de la interpretación de la evidencia disponible. En cualquier caso, parece existir un consenso apreciable en la utilidad del acetato leuproloide (un inhibidor de la producción de testosterona sin demasiados efectos secundarios) al fin de reducir los pensamientos y fantasías sexuales de estos sujetos; además, el efecto ha sido más notable en población de agresores reincidentes. Pero, desde luego, no se puede esperar en absoluto que este tipo de fármacos modifiquen aspectos esenciales de la personalidad básica de estos individuos. Algunos expertos sugieren un uso prudente y combinado de estrategias psicológicas, psicosociales y farmacológicas. Es posible que un uso transitorio y provisional de estos fármacos pueda facilitar la eficacia de las terapias psicológicas, reduciendo la sensación de «urgencia, inexorabilidad, imposibilidad de control» que refieren a menudo estas personas cuando intentan explicar su fenomenología subjetiva, su experiencia particular e intransferible acerca de la percepción y gestión de su universo emocional.

En cualquier caso, hay algo que sí sabemos con certeza: la mucha investigación que necesitamos al respecto. Mucha y buena ciencia. Y recursos para ello. Es la única esperanza.

Por Jorge Sobral Catedrático de Psicología Criminal de la USC

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