Los partidos: ¿Llave o cerradura?


La mala fama de los partidos, ahora general en el mundo democrático, los persigue desde su nacimiento. Ya en los albores del Estado liberal decía de ellos Robespierre: «Siempre que advierto ambición, intriga, astucia y maquiavelismo reconozco una facción. Y corresponde a la naturaleza de las facciones sacrificar el interés general». Y Saint-Just añadía: «Todo partido es criminal, por eso toda facción es criminal y trata de socavar la soberanía del pueblo». 

Durante el siglo XIX, y el XX sobre todo, fue asentándose, sin embargo, una idea que hoy nadie discute: que los partidos son una pieza básica de la democracia liberal. Lo que no quiere decir, claro, que no haya muchas ocasiones en que el egoísmo partidista dificulta, en lugar de facilitarla, la solución de los problemas. Los partidos como cerradura en lugar de como llave. Basta mirar alrededor.

La irresponsable lucha a muerte entre conservadores y laboristas (y en el interior de ambos partidos) está haciendo imposible una solución que evite que el brexit sea para los británicos una catástrofe económica y social. Tanto que, con buen sentido, la UE acaba de condicionar la prorroga de las negociaciones a que May y Corbyn alcancen un acuerdo. Hacerlo sería pensar en su país y no en sus intereses personales o partidistas, pero en ningún sitio está escrito que un pacto así vaya a producirse.

 Somos legión los que creemos que en España nada favorecería más la solución de nuestros grandes desafíos (asentar la salida de la crisis, acabar con la insurrección secesionista y poner las bases de un nuevo modelo productivo que genere empleo estable) como un pacto de las fuerzas constitucionalistas (PP, PSOE y Ciudadanos). Pero sus estrategias sectarias (es verdad que más de unos que de otros) nos llevan de cabeza hacia una política frentista donde los extremistas (Podemos y Vox) y los independentistas, en clara minoría frente a los constitucionalistas, controlarán la situación. Un solo dato indica el despropósito en que estamos: la aprobación de los Presupuestos depende de un indeseable, Torra, que afirma que los españoles somos «bestias con forma humana, que destilan odio. Carroñeros, víboras, hienas». Sí, inconcebible, pero cierto.

Asediado por el matonismo de los chalecos amarillos, Emmanuel Macron ha preferido buscar la solución a tal provocación en una disparatada consulta al país, que lo devuelve a los cuadernos de quejas (cahiers de doléances) de la monarquía absoluta y lo aleja de una genuina democracia representativa. El presidente de Francia, solo ante el peligro tras la completa destrucción de unos partidos que solo pensaban en sí mismos, se entrega al peor de los populismos y lo convierte en forma de gobierno.

 Los ejemplos podrían multiplicarse tanto como, por desgracia, se multiplica cada día el desprecio hacia unas instituciones -los partidos- sin los que la democracia no puede funcionar.

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