La política está patas arriba


La popular expresión «patas arriba» -decir que algo está o se pone patas arriba- define perfectamente el caos o la impotencia de una situación, o ese momento en que nada cumple la función que naturalmente le está encomendada. Una banqueta asentada al revés, un coche volcado, una aspiradora que sopla, un helado que quema, o una persona que camina con las manos y acaricia con los pies, son algo peor que cosas inútiles, porque extienden su desastre al entorno que aún podría funcionar. Y por eso creo que la expresión que mejor diagnostica la política española de hoy es que está patas arriba.

La esencia de toda actividad política son las políticas públicas, es decir, la concreción y el orden de prioridades de lo que queremos hacer, y los presupuestos que asignamos, tratando de equilibrar ingresos y gastos, a eso que deseamos hacer. Claro que, para que esos objetivos se cumplan, hay que decidir quién gobierna, con qué apoyos lo hace, cómo se equilibran las opiniones e intereses de los ciudadanos, qué aliados queremos, qué enemigos reconocemos y muchas cosas más. Y es evidente que todo eso complica mucho lo que otras expresiones muy manidas -«satisfacer las demandas de los ciudadanos», o «servir al interés general»- simplifican y manipulan hasta el borde de la insignificancia o de la crasa estupidez. Pero lo que nunca debemos olvidar es que el interés general, y los recursos que asignamos a su gestión, son los únicos elementos que pueden darle sentido a la intensa, cansina y rastrera actividad que desarrollamos para determinar y depurar las acciones puramente instrumentales.

Pero la política española se ha puesto -o la han puesto quienes yo me sé- patas arriba. Y en vez de estar definida por las políticas públicas y sus recursos, está claramente determinada por los arriesgados cambalaches y estrategias de poder que la actual crisis de gobernabilidad hace posibles, mientras que los objetivos y los presupuestos de las políticas públicas se fijan y gestionan al servicio de dichos juegos de poder. Por eso ayer se aprobó un presupuesto destinado a mantener viva la coyunda partidaria que sostiene a Sánchez; mientras en Andalucía se estaban jugando la mejor oportunidad de las últimas décadas al servicio de las ambiciones de Rivera y Abascal, los dos dioses menores -casi cutres- del olimpo político español.

Por eso -porque la política está patas arriba- no acertamos a salir del embrollo. Porque a los votantes, que somos los únicos que podemos y debemos poner el taburete de pie, nos debe entretener mucho este surrealista teatro que, en vez supeditar los actores y sus evoluciones al mensaje dramático, define sus erráticos argumentos de acuerdo con las ocurrencias autónomas de los más mediocres actores. Por eso no se va a arreglar nada hasta que aprendamos que lo que tiene de excelente La Scala de Milán no son sus óperas, repartos y butacas, que en todas partes se repiten. Su tesoro es un público exigente. Lo único que no se puede improvisar ni comprar.

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