Tres partidos, tres errores


El primer error -el más grave, y el que originó los siguientes despropósitos- lo cometió Albert Rivera, que, sabiendo que, tanto el cambio en la presidencia de la Junta como la posibilidad de gobernar Andalucía, dependían de tres partidos, quiso reducir la negociación a dos, lo que, además de implicar un embrollo oscurantista que sólo sirve para tirar la piedra y esconder la mano, es, sin ningún matiz, una estupidez. Para explicar esta posición hay que aceptar que Rivera dio por supuestas tres cosas irreales. Que los votantes no se dan cuenta de que, si el negocio con Vox es sucio, no puede quedar limpio el listillo tramposo que rechaza el selfi pero arrebaña sin ruborizarse una vicepresidencia y varias consejerías de primer nivel. Que los de Vox son tontos, no tienen idea del relieve que han adquirido y van a votar a quien les humilla y criminaliza sin más motivo ni recompensa que la cara bonita de Rivera. Y que este desprecio no va a significar nada cuando el consejero de Economía -de Ciudadanos- tenga que pedirle a Vox que le apruebe su primer presupuesto y sus reformas; o tenga que pedirle al PP, como alternativa, que negocie con Vox pero sin selfi, para que los doce diputados, descritos por Ciudadanos como lobos rabiosos, voten sus políticas -¡ale-hop!- como mansos corderitos. Por eso estuvo en grave riesgo -inevitable y razonablemente- el castillo de naipes.

 El segundo error -más comprensible, pero en todo caso grave- lo cometió el PP, que en vez de negarse radicalmente al mezquino pacto a dos, se prestó a ser el palanganero de Ciudadanos, a asumir todos los costes de la operación, y a abrir la vía -una autopista de ocho carriles- para que todo el mundo teorice sobre el beatífico centrismo de Rivera y sobre la diabólica radicalización del corrupto partido, reconocido fabricante de secesionistas, que ahora se derrumba corroído -supongo- por sus esencias franquistas. Demasiado precio para presidir una Junta que no tiene tan buen pronóstico como parece.

Y el tercer error lo cometió Vox, que, en vez de tragar la bilis ahora, y diferir su venganza contra Ciudadanos al momento de gobernar, legislar y reformar, optó por tirar el tablero antes de jugar la partida, poner sobre la mesa su cara más fea, irracional y disparatada, y aceptar el riesgo de ser -asumiendo el papel que le correspondía a Ciudadanos- el responsable de hacer o frenar el cambio que los andaluces hicieron posible y necesario, o de bloquear el proceso para ir a nuevas elecciones.

Las presiones para que funcione el pacto a dos, y se produzca el esperado desalojo del PSOE del palacio de San Telmo, fueron enormes, por lo que ni siquiera los tres errores cometidos pudieron frustrarlo. Pero ese pacto -que era obvio y que todo el mundo daba por descontado-- ya no es limpio, ni ejemplar, ni ofrece confianza, ni genera esperanzas de una gobernabilidad duradera, eficiente y leal. Es decir, en vez de la gran oportunidad preconizada, ya tenemos otra ocasión perdida.

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