La vida al límite


Para muchas de las especies emblemáticas de los ríos gallegos, estos constituyen el límite meridional de su área de distribución. Es el caso del salmón atlántico, de la forma anádroma de la trucha común, el reo, o los menos conocidos mejillones de río. Y esto es así porque más al sur las condiciones ambientales son inadecuadas para su supervivencia. Por lo tanto, el simple hecho de vivir «al límite» de su distribución los predispone a una situación de constante amenaza.

Desde un punto de vista genético, una de las primeras manifestaciones de degradación biológica de una especie es lo que se conoce como erosión genética. De la misma forma que un bosque autóctono es mucho más rico que un mísero monocultivo de especies animales y vegetales, una especie cualquiera tendrá una mejor salud genética si existe mayor diversidad en sus genes, pues es esta diversidad la que le permite adaptarse a los cambios de todo tipo en su hábitat y, por lo tanto, asegura su supervivencia.

Los estudios realizados en los salmónidos que habitan nuestros ríos muestran que, salvo poblaciones concretas, todavía mantienen niveles elevados de diversidad genética y por lo tanto, desde este punto de vista, todavía no se ha alcanzado un punto de no retorno que hipoteque su futuro. Prueba de ello es que nuestras poblaciones de trucha son capaces de mantenerse por sí mismas pese a todas las amenazas que afrontan a diario, y que a pesar de los millones de alevines que se han soltado durante decenas de años, con muy contadas salvedades, toda la trucha que puebla nuestros ríos es completamente autóctona. Y en el mapa de la península ibérica esto es una notable excepción. ¿Hasta cuándo? Considerando la amenaza cada día más real de aumento de las temperaturas de los ríos, las decenas de miles licencias de pesca con cupos de captura absolutamente desorbitados, la contaminación creciente de las aguas continentales y la falta de concienciación de nuestros políticos, que deberían asumir la conservación como algo prioritario, desde luego que no por mucho tiempo.

El caso de los mejillones de río es antagónico, sus niveles de diversidad genética son extraordinariamente bajos si los comparamos con los de poblaciones más septentrionales. ¿Ha sido esto siempre así? Puesto que no se dispone de datos históricos no es fácil responder a esta pregunta, pero lo que resulta evidente es que el deterioro de esta especie es alarmante y en muchos ríos ni siquiera es posible encontrar individuos juveniles. Aparte del drama que debería suponer para una sociedad la pérdida de una especie, los mejillones de río, al ser organismos filtradores, son muy sensibles a la contaminación de las aguas y, muy a su pesar, nos están mostrando con su lenta desaparición cuál es la amenaza que se cierne sobre nuestros ríos. A día de hoy todavía está en nuestras manos poner los medios para que este no sea el destino inexorable de nuestros ecosistemas fluviales, de no hacerlo estoy seguro de que nuestros hijos no nos lo perdonarían.

Por Jaime Castro Profesor de Genética de la Facultad de Veterinaria de Lugo

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