Bandera de España, bandera blanca


La defensa por el rey de la bandera de España en su discurso de la Pascua Militar habrá causado gran sorpresa en muchísimos países de Occidente. Y no porque Felipe VI se excediese en la función que como monarca parlamentario le compete -tontería que, ¡por supuesto!, proclamaron enseguida los nacionalistas-, sino por algo muy distinto: porque, tras cuarenta años de democracia, haya todavía que respaldar la enseña constitucional como un símbolo de todos.- 

Aunque personalmente no soy yo mucho de banderas (parafraseando al Brassens de La mala reputación, podría decir que aquellas «nunca han sabido levantarme»), sí soy de decir la verdad aunque sea al precio de la incomprensión y los insultos. Y la verdad es que lo que sucede con la bandera de España es una manifestación más de la habilidad nacionalista para, con la estúpida complicidad de una parte la izquierda, hacer pasar como verdad torpísimas mentiras.

La mayor falsedad inventada por quienes se han empeñado en rechazar la bandera constitucional es que aquella es la de Franco. La bandera de España, regulada hoy en el artículo 4º de la Constitución, comenzó a utilizarse de forma general como enseña de la monarquía en 1785 y fue desde 1812 la bandera nacional salvo durante la II República española. Es verdad, que, con un escudo diferente al actual, la bandera roja y amarilla fue también la de Franco, continuidad que se dio igualmente en otros países europeos donde no existe rechazo social a la bandera nacional: por poner sólo tres ejemplos comparables, en Italia, Francia o Portugal, cuyas actuales enseñas fueron también, respectivamente, las del régimen fascista de Mussolini, el gobierno pro-nazi de Vichy y la dictadura salazarista.

En realidad el rechazo a la bandera común es una manifestación más de la aversión a la actual España constitucional. De la de los nacionalistas, quienes desde 1977 utilizan las libertades democráticas y la descentralización para impulsar lo que llaman la construcción nacional, que no es otra cosa en realidad que la sustitución de la España plural de ciudadanos por naciones sectarias definidas por identidades ideológicas. Por eso los nacionalistas gallegos y catalanes no utilizan las banderas de sus territorios sino banderas partidistas. Y por eso el PNV convirtió su propia enseña en la de la comunidad autónoma. Y de la aversión de la extrema izquierda que, renegando de la bandera de todos y ondeando la de la II República, rechaza nuestra democracia aunque sea al precio de esconder una realidad que no tiene discusión: que, en cualquier parámetro imaginable, la España de 1931-1936 ha sido superada muy de largo por la que una inmensa mayoría de los españoles comenzamos a construir en 1978.

Sin duda la mejor España que jamás hemos disfrutado. La que convirtió la enseña constitucional en bandera blanca: la del primer régimen de verdadera paz civil de nuestra historia.

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