La bandera, el rey y el país descosido


Esto de ser rey en España tiene que ser bastante descorazonador. Para empezar, es el hombre más censurado y autocensurado del país. Censurado, porque cada palabra suya debe pasar el tamiz del Gobierno, que puede no dar el visto bueno a cualquiera de sus expresiones. Autocensurado, porque no se puede salir un milímetro de la Constitución, no puede decir lo que realmente piensa, tiene que seleccionar los temas de que habla, ha de procurar no herir ninguna sensibilidad y debe abarcar todos los asuntos que la sociedad espera de un jefe del Estado. Que con estas limitaciones consiga hilvanar una buena colección de discursos y mensajes parece un milagro. Y posiblemente lo sea.

Lo descorazonador viene después de cada discurso. Cuando habló en el Congreso de la Constitución, no se le ocurrió mencionar a las mujeres víctimas de la violencia machista, y cayó sobre él Pablo Iglesias para acusarle de ignorar la realidad. Las mencionó después en el mensaje de Navidad y parecía que lo hacía para conseguir el tibio elogio del líder de Podemos. Este domingo hizo un discurso considerado por la mayoría de los medios como de integración, pero, como hablaba de la bandera nacional, provocó la crítica de los independentistas, con especial relieve del portavoz del PNV, Aitor Esteban, que acusó el monarca de «cerrar los ojos» ante la cantidad de ciudadanos que no consideran suya esa bandera ni están por la unidad de España.

O sea que, como hay gentes que no consideran propia la bandera del Estado español, el jefe de ese Estado no puede hablar de ella. No puede siquiera decir que es el símbolo de la unidad y la independencia de la nación. Ellos, los independentistas, sí pueden hacer loas a la ikurriña y la señera sin limitación alguna. Pueden proclamar sus ansias de soberanía amparados en la libertad que el Estado y la Constitución les garantizan. Pero que el jefe del Estado aproveche una reunión con la cúpula militar para ensalzar los valores de la enseña nacional -que son los valores que defienden las Fuerzas Armadas- es prácticamente una ofensa a los españoles que no piensan así y es, desde luego, una provocación a la que es obligado responder.

Esa es la realidad de este país, que parece cosido con alfileres: seguimos sin símbolos del Estado reconocidos por todas las fuerzas políticas. Algunos de ellos se siguen utilizando para la agresión. Eso no ocurre en ningún país europeo. Desde luego, es impensable en democracias equiparables a la española. Es el fruto de una historia en la que hubo demasiados vencedores y demasiados vencidos. Mientras no se supere esa dialéctica, distaremos mucho de tener un sistema político normalizado. Distaremos mucho de ser una democracia normal.

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