Partido Socialista Obrero de Estocolmo


Como saben los lectores, se llama Síndrome de Estocolmo al que sufren quienes tras haber estado largo tiempo secuestrados acaban sintiendo uno raro tipo de patológica complicidad con sus captores.

Los que estamos convencidos, tras muchos años de lecturas y no pocos de convivir con ellos, de que los nacionalismos identitarios son esencialmente reaccionarios, creemos cada vez más insensato el proceso que ha conducido al PSOE a claudicar ante el discurso ideológico y la práctica política de los nacionalistas. Quien tenga dudas que lea el magnífico libro de Félix Ovejero, La deriva reaccionaria de la izquierda (Página Indómita, 2018), y saldrá de ellas más formado e informado.

Ese creciente Síndrome de Estocolmo de los socialistas respecto del nacionalismo -inexplicable sin tener a la vista sus continuados pactos de gobierno en las esferas local, regional y nacional- culminó el jueves en Barcelona, cuando el entreguismo de Sánchez y su Gobierno a Torra y al que desgobierna Cataluña adquirió la naturaleza de una verdadera rendición. Basta leer el comunicado final de un cónclave que Sánchez juró y perjuró que no iba a celebrarse para entender hasta dónde las ambiciones personales del presidente socialista le han llevado a asumir de plano los desvaríos de los secesionistas: la existencia de un conflicto (como afirmaba ETA en el País Vasco), cuya solución correspondería exclusivamente a los catalanes y que solo sería abordable a través del diálogo y de una respuesta democrática. Por supuesto, ni el respeto a la Constitución y la ley aparecen en el comunicado en parte alguna.

Ello no debe extrañarnos, pues, más allá de su infinito oportunismo, el presidente del Gobierno (el mismo que dijo en mayo -«antes de serlo», aclararía la inefable vicepresidenta- que «la elección de Torra ha despertado las vergüenzas racistas del secesionismo» y que «Torra no es más que un racista al frente de la Generalitat de Catalunya») ha llevado a sus últimas y terribles consecuencias la delirante sujeción de los socialistas a los postulados de unos nacionalistas frente los que llevan acomplejados muchos años. Tantos como lleva el PSOE asumiendo las sectarias políticas lingüísticas del nacionalismo, su desapego hacia los símbolos comunes o su visión identitaria de la historia y la cultura. Es como si todo el PSOE -¡sin que nadie diga en su interior ni una palabra!- se hubiera contagiado de los aires del nordeste y hubiese acabado siendo el PSC.

A eso le llaman ahora Sánchez y sus intelectuales orgánicos una apuesta federal, lo que demuestra que su descaro solo es comparable a su ignorancia. Pero da igual: pues el objetivo no es resolver ese supuesto conflicto catalán sino seguir el mayor tiempo posible en la Moncloa con el apoyo de quien sea. Y si es el del nacionalismo, pues uno se hace nacionalista y santas Pascuas. En ese terreno, Sánchez, claro, es imbatible.

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