«Roma» es un canto de amor


Brutal, maravillosa, dura, extraordinaria... no hay calificativos para abordar la película de Alfonso Cuarón que se acaba de estrenar en Netflix. Roma es un palíndromo de amoR, en esa clave ha construido el mexicano un canto hermosísimo a su desmesurado país, con esa manera tan única que tiene él de contar. Más que realista, más que natural, desbordante de emoción. Hasta el punto de que Cuarón decidió darles a los actores el guion el propio día de rodaje, a veces incluso sin los diálogos, para que en cada giro la sorpresa los llevara al límite de las lágrimas. Es imposible no romper a llorar con la historia de Cleo, la mujer indígena basada en la nana que cuidó del mexicano y sus hermanos y a la que de pequeño llamaba mamá. Liboria, una mujer de Tepelmeme, un pueblito de Oaxaca, que nutrió muchas de las historias que le contaba al niño Cuarón. Y esa verdad de la infancia está a lo largo del filme, en esos ojos de Paco, que son los ojos del director, porque Roma es una radiografía espiritual de su familia, con las llagas y las heridas, el abandono del padre, la presencia de la abuela, la fuerza y el desequilibrio de la madre. Todo México cabe en Roma, que es real emoción, la que le pone Cleo y la que le puso en vida Liboria, que por supuesto se negó a cobrar por contar su historia: «Qué bárbaro. Lo hice porque Alfonso es mi niño, porque es algo por amor». Amor, Roma.

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