Sánchez, encerrado con un solo juguete

Efe

Nada como el título de la primera novela de mi admirado Juan Marsé (Encerrados con un solo juguete) describe mejor la terrible situación en la que hoy se encuentra Pedro Sánchez. 

Amarrado al sillón de La Moncloa que, actuando sin escrúpulos, consiguió con gran esfuerzo, Sánchez disfruta del juguete de la presidencia del Gobierno (viajes, aviones, recepciones y todas las ventajas y canonjías del poder) sin importarle un pito que el desastre político que se cierne en torno a él sea formidable. Sánchez, que actúa cada vez más como si fuera el jefe del Estado (basta ver el asombroso papel que, en contradicción con el supuesto feminismo de la pareja presidencial, ha asumido su mujer) se empeña en que la realidad se adapte al único deseo que mueve ya su voluntad: resistir en la presidencia a cualquier precio.

Pero la tozuda realidad se impone al proyecto descabellado de quien creyó desde la hora cero de su presidencia que iba a ser capaz con su progresismo de cartón de cuadrar un círculo infernal: gobernar con el apoyo indispensable de quienes quieren acabar con España y su Constitución -y saben que tienen al Gobierno literalmente cogido del pescuezo: los insurrectos catalanes- sin ceder a su presión.

Fue obvio desde el principio que tal círculo se rompería muy pronto por su parte más endeble: la enfermiza ambición de poder de Pedro Sánchez. Y ahí están los desastrosos resultados de su componenda, tan inmoral como imposible: mientras el presidente de la Generalitat proclama que la insurrección llegará incluso a la guerra civil si ello fuera necesario para alcanzar la independencia, mientras el propio Torra incumple su obligación elemental de mantener la paz y seguridad públicas en territorio catalán y mientras los autodenominados Comités de Defensa de la República actúan como una guerrilla urbana, provocando todo tipo de destrozos y comportándose con unos auténticos matones, el presidente del Gobierno de España sigue con su política de apaciguamiento frente a lo que es sin duda una revolución en toda regla. Una revolución impulsada contra España ¡desde las instituciones autonómicas!

El presidente del Gobierno ha decidido dejarla avanzar a paso de gigante, sin hacer otra cosa que enviar unas cartas y decir cuatro vaguedades en el Congreso. Y todo ello no porque crea que así resolverá un problema que se agrava cada día (nadie puede ser tan necio), sino porque sabe que solo de ese modo podrá alargar más su presidencia: un gozo para él y para el país una desgracia. Muchos ingenuos creen aún que Sánchez es nuestro Chamberlain, primer ministro inglés que impulsó la política de apaciguamiento contra los nazis antes de que Churchill se hiciera cargo de la defensa de la libertad y la democracia. La comparación es descabellada: Chamberlain, aunque equivocado, pensaba en Gran Bretaña. Sánchez, por el contrario, no piensa más que en él.

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