El llanto de Pablo Motos


El llanto inconsolable de Pablo Motos al final de El hormiguero dejó a los espectadores sobrecogidos. Fue un llanto roto, ahogado, que solo se produce una vez en la vida. «Yo hoy quiero dedicarle este programa a mi mamá que ha fallecido esta mañana», confesó Pablo, que enseguida se vio arropado por el calor del público y de su invitada, Laura Pausini. Un minuto que para él debió de ser eterno y que conmovió a la audiencia, habituada a ver a los presentadores en una suerte de inmóvil profesionalidad. Ana Rosa lo explicó en una entrevista de manera muy clara: «Al trabajo se viene llorada de casa». Y en esa normalidad extraña nos hemos acostumbrado, público y comunicadores, a que se imponga la certeza de que ellos van a estar ahí pase lo que pase. Ni siquiera se les abre la posibilidad de que se pongan enfermos, los hemos visto en directo sin voz, febriles, en una especie de tortura impuesta. Eso es en verdad lo que parece durísimo del llanto de Pablo Motos, y lo digo desde la admiración y el desconocimiento de lo que realmente se cuece detrás. Si un hijo, el día que le muere su madre, decide libremente hacer el programa de televisión será por el mejor de los motivos, será porque desea darle ese homenaje, porque pretende esconder ese dolor y sentir, del mismo modo que hacen los actores de teatro, que el show debe continuar. Que su papel en la función es siempre el de salir a escena en cualquier circunstancia personal por muy dolorosa que sea. Ese control es prodigioso. Ojalá sea ese el caso de Pablo, porque sería terrible pensar que con ese dolor dentro alguien le exigiese que hiciera el programa.

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