Vacunas e igualitarismo estúpido


La eurodiputada de En Marea Lidia Senra, empeñada en cuestionar la eficacia y seguridad de las vacunas (algo así como cuestionar a estas alturas la de ley de gravedad), vuelve a ser inaudita noticia de portada. Ahora por su pretensión de organizar en Vigo una charla contra la vacuna del papiloma virus, que previene una gravísima patología tumoral.

Este periódico hizo público el dislate y, tras la lógica indignación de la Consellería de Sanidade y de los médicos, se produjeron dos reacciones diferentes: la del Ayuntamiento vigués que, con toda razón, prohibió de inmediato que la charlotada, que no charla, se organizase en un local municipal; y la de En Marea, que, dando pruebas de ese patriotismo de partido encubridor de todos los escándalos, se negó a desautorizar de plano a Lidia Senra. ¡Vaya ejemplo!

La cruzada antivacunal, a la que Senra se ha adherido con una irresponsabilidad inexplicable en quien ocupa un cargo de tanta relevancia, pone de relieve una de las más graves perversiones que hoy padece nuestra sociedad: la profunda adulteración de un principio esencial de los regímenes liberales, cuyo avance caracterizó la progresiva construcción de las democracias mas avanzadas del planeta. Hablo, claro está, del principio de igualdad, que, en materia de vacunación, significa que todos tengan derecho a ella al margen de su renta y no que posea igual valor lo que diga al respecto todo el mundo: quienes conocen el tema tras muchos años de estudio y quienes, como la señora Senra, saben de medicina lo que yo. Nada de nada.

Este peligroso fenómeno social -la emergencia de los charlatanes- se da no solo en una esfera tan sensible como el de la medicina (por ahí andan, como en la Edad Media, esos curanderos sinvergüenzas promoviendo remedios milagrosos para curar enfermedades) sino también en otros muchos campos, todo ello gracias al gran basurero en que la Red se ha convertido. Hasta hace nada para tener acceso a expresar públicamente ideas u opiniones era necesario demostrar que se conocía el asunto del que se hablaba u opinaba. El igualitarismo estúpido que domina la Red permite hoy hablar de historia, economía, lingüística o derecho a quienes nada saben de ninguna de esas cosas, con lo que los debates al respecto se convierten, no en diálogos de sordos, sino en diálogos de auténticos besugos, donde, como en el célebre tango Cambalache, «todo es igual/ nada es mejor/ lo mismo un burro/ que un gran profesor».

Pocas cosas como el avance de la igualdad (económica, política, social y cultural) definen las sociedades modernas donde los privilegiados habitantes de un puñado de países occidentales tenemos la suerte de vivir. Pero el igualitarismo estúpido propiciado por la Red nada tiene que ver con ese cambio impresionante: el igualitarismo estúpido se parece a la auténtica igualdad lo mismo que la ciencia médica a las supersticiones.

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