Solo recuerdo sus pequeños pies


Me vienen las lágrimas a los ojos cuando pienso en aquel 1 de enero en el Hospital Materno Infantil de A Coruña. Llevaba más de ocho meses de embarazo cuando aquel bebé, mi bebé, que ya tenía nombre, Carlos, dejó de moverse. «Es normal, me decían -e incluso lo había leído- porque ya casi no tiene sitio en tu útero». Sin embargo, fue aquel instinto de madre el que, a primera hora del 1 de enero de 1994, me hizo levantarme de la cama e irme al centro hospitalario. Esperé, me dirigieron a una sala de exploración y me miraron. El joven médico salió de aquella habitación sin decir nada. Y la enfermera que se quedó conmigo tampoco articuló palabra, pese a que yo le preguntaba. Volvió a entrar el médico y me dijo: «El bebé está muerto». Empecé a llorar. Tenía la cabeza aturdida. Me había dado el golpe más horrible de mi vida. Era mi hijo y, aunque no lo había visto, lo había sentido, le había hablado e incluso me había reído con él.

La inmensa tristeza se asentó en el corazón de toda la familia, en especial del padre de la criatura que había fallecido por una fatal vuelta de cordón.

Cuando algo así ocurre, estoy convencida de que nadie en el hospital quiere hacerte daño, aunque sin querer hay mensajes que se te clavan como un cuchillo en las entrañas. Hoy, cuando ya han pasado veintitantos años, aún recuerdo aquel momento en que mi padre pidió, por favor, que no me metieran en una habitación con una mamá que tenía allí su bebé. La solicitud les debió de parecer lógica, porque el celador aparcó en el pasillo la camilla y preguntó. Me llevó a una habitación sola, a la que llegué tras haber dado a luz después de tres días de parto en los que tuve que escuchar alguna frase como «deja de llorar porque no vas a arreglar nada» (nada extraño, porque alguna majadera tenía que haber entre tanta enfermera), y otras como «no te preocupes, el primero abre el camino al segundo. Ya verás como viene prontito». Tenía razón. Justo al año llegó mi segundo hijo, en el mismo hospital en el que me despedí del primero, al que solo le vi las piernas y los pies mientras lo paría. Luego llegó Javi, mi tercer hijo, cuya fecha de nacimiento coincide con la fecha probable de parto de mi primer embarazo. Coincidencias. Este artículo puede ser un primer retazo de un libro que quizá escriba algún día.

Me alegro de que los hospitales gallegos vayan a unificar el protocolo de muerte perinatal en el 2019. El problema es tan antiguo como la vida. Va por él.

Sinda Blanco, subdirectora del Sergas: «Que las madres que han perdido a su bebé no tengan que escuchar el llanto de otros»

marta otero

Los hospitales gallegos unificarán el protocolo de muerte perinatal en el 2019

En la última década se produjeron en España una media de 4,5 muertes perinatales por cada mil nacimientos, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Una realidad que se ha convertido en noticia por una campaña que presentó ante el congreso más de 232.000 firmas para pedir la implantación de protocolos de atención en los hospitales para las madres que pierden a sus hijos durante el embarazo, el parto o al poco tiempo de nacer.

Sinda Blanco, subdirectora xeral de Asistencia Sanitaria del Sergas, explicó ayer ante los micrófonos de Radio Voz cómo está la situación en Galicia, y anunció que en el primer trimestre del año todos los hospitales de la comunidad tendrán «una guía de abordaje de muerte perinatal y neonatal para todos los profesionales, consensuada con todos los actores que participan de este proceso».

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