Vitoria, quince encapuchados -siempre ocultos pero como lobos hambrientos-, propinan una paliza brutal a un estudiante que defiende la unidad de España. Antes esos mismos cachorros aplaudían cuando disparaban a la nuca, o hacían cola para formar parte de taldes asesinos de la banda terrorista. Santiago, pasquines por el campus. En el punto de mira tres profesores. En los tablones de varias facultades insultos y amenazas a tres académicos. Se les tacha de fascistas y de estar en el punto de mira. Solo los fascistas insultan, amenazan, chantajean. Y lo hacen precisamente gracias a la libertad que la democracia y el sistema constitucional, que algunos de esos profesores no precisamente identificados con el pasado ayudaron a construir y han defendido como marco de nuestra convivencia, tolerancia, pluralidad y respeto. Lo que no tienen quienes gritan, quienes colocan en la diana, quienes propician violencia verbal o física.

En este país es fácil tachar a uno de fascista. Sale gratis, mientras los verdaderos totalitarios son ellos. Saben utilizar la libertad que precisamente les propicia estos comportamientos y actitudes intolerantes, chulescas, bravuconas. En ¿qué democracia, en qué estado, en qué sistema pretenden vivir y nos harían vivir a los demás? Lo hemos visto muchas veces. Tras las capuchas, tras el kale borroka, tras las manifestaciones de apoyo a la banda terrorista ETA, tras los silencios cada vez que el asesino lograba una muerte inocente más.

Usan el templo de la sabiduría, porque les molesta. Aunque ellos mismos puedan ser alumnos, -increíblemente alumnos- de una universidad centenaria, cuna de saberes, de libertad, de respeto. Lo usan para propalar ideas y lenguajes que nadie quiere, y lo hacen porque este sistema que tanto denostan y tachan de heredero o continuismo del franquismo, sin que sepan lo que fue el franquismo ni la dictadura, como tampoco las dictaduras funestas de izquierda, comunistas en la Europa del Este, en China, en Corea, en Cuba, etcétera, les permite y les otorga la libertad de hacerlo. Usan la noche, la máscara, el trampantojo. Se aprovechan del número y son, como en Vitoria, capaces de dar una paliza brutal a un chaval por, simplemente, pensar diferente.

Los demócratas tenemos que saber el lugar donde estamos. Sin miedo. Sin complejos. Porque esta Constitución, que acaba de cumplir cuatro décadas, las que se dieron y nos legaron nuestros padres, es lo mejor que nos ha pasado políticamente en nuestra historia constitucional. Porque nuestra Constitución es pasado, presente y futuro a un tiempo. Es valor y realidad, y como ayer decía el presidente del Constitucional, hoy no podemos imaginar dónde o cómo estaríamos sin ella.

Hoy todos somos ese chaval apaleado en el País Vasco, territorio donde durante años, décadas incluso, no existió libertad por la dictadura de los asesinos de la banda terrorista y la indiferencia de muchos, y ese caldo de cultivo todavía amamanta a algunos cachorros. Hoy todos somos esos profesionales de la enseñanza que fueron insultados. Porque quiénes denigran, quiénes amenazan no saben el valor que tiene la palabra libertad. Ellos sí son los fascistas de verdad, pero sale gratis en este país llamar fascista a quién no lo es. Los que colocan en dianas y puntos de mira. Los otros ayudaron a tejer la democracia que hoy nos hace más libres a todos.

Así de simple.

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