Señor Valls, no nos dé tantas lecciones


La primera reforma que se introdujo en la Constitución, que hoy celebra su 40 aniversario, fue permitir que cualquier ciudadano de la Unión Europea o de un país con el que exista reciprocidad pueda ser elegido en unas elecciones municipales. Es por eso que el ex primer ministro socialista de Francia, Manuel Valls, que no tiene nacionalidad española pese a haber nacido en Barcelona, puede presentarse a la alcaldía de su ciudad natal. Se equivoca por ello quien cuestione la legitimidad de su aspiración. Dicho esto, nunca he participado del entusiasmo que provocó en amplios sectores de la sociedad española y catalana la irrupción de Valls apoyada por Ciudadanos. En primer lugar, considero que no es buena la imagen de que los partidos españoles y catalanes son incapaces de solucionar por sí mismos sus problemas y es necesario que llegue una especie de árbitro con la autoridad que se le supone a un ex primer ministro de Francia para imponer cordura.

Mi recelo se vio confirmado cuando anunció que su plataforma se llamaría «Barcelona Capital Europea». Una denominación bajo la que muy bien podría presentarse el mismísimo Carles Puigdemont, porque tiene la virtud de resaltar la pertenencia de Barcelona a la Unión Europea obviando su españolidad. El empeño posterior de Valls en tratar de sumar al PSC a su proyecto para «frenar el populismo» evidencia también que su posición no es nada clara. Malamente podrían contribuir los socialistas a frenar el populismo y el independentismo cuando gobiernan España en alianza precisamente con el populismo de Podemos y con todo el separatismo catalán.

Pero al inmenso ego de Valls, Barcelona se le ha quedado pequeña antes de que lleguen las elecciones. Y pretende ya condicionar toda la política española y dar lecciones de democracia. El político galo presiona a Ciudadanos para que pacte con el PSOE en Andalucía en lugar de promover el cambio al centro derecha por el que han apostado los andaluces. Según Valls, nadie puede aceptar el apoyo de Vox, al que tacha de «fascista» y «anticonstitucional». Apelativos que, sin compartir yo para nada el ideario de Vox, son de extrema irresponsabilidad y un insulto a los 400.000 andaluces que han votado a esa fuerza política.

Pero el grado máximo de cinismo de Valls es que descalifica a Vox como xenófobo cuando, siendo él ministro de Interior de Francia, vinculó directamente a la etnia gitana con «la mendicidad y la delincuencia» y presumió de haber ordenado la expulsión sin contemplaciones de más de 10.000 gitanos rumanos y búlgaros. «Nuestro papel no es acoger a estas poblaciones», aseguró cuando fue amonestado por la propia Comisión Europea. Una actuación y unas palabras que le acercan a Vox más que a ningún otro partido en España. Valls, que tras ser humillado por los propios socialistas se ofreció a Macron y fue también repudiado por este, tiene todo el derecho a tratar de reinventarse políticamente como alcalde de Barcelona. Pero haría bien en centrarse en ello y dejar a los andaluces que decidan en paz su futuro y su Gobierno.

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