40 preciosos años


Hace hoy 40 preciosos años, tuve el privilegio de presidir, en el Colegio Sagrado Corazón, de Pontevedra, una de las miles de mesas que utilizó el pueblo español para refrendar, con alta participación y amplísima mayoría, la mejor y más longeva Constitución que hemos tenido. En el mismo lugar, porque así lo quiso mi pequeña historia, había presidido la mesa del referendo de la Ley de Reforma Política, origen y pieza angular de una transición democrática que, en mi condición de joven, demócrata, politólogo y antifranquista probado, seguí en todos sus avatares con minuciosa atención y escrupulosa fidelidad. Y es por eso, y por lo que ahora les contaré, que celebro, cada 6 de diciembre, «la Constitución de mi vida», o la que hizo que mi generación fuese más libre, disfrutase más bienestar, y gozase de más paz y dignidad de lo que le cupo en suerte a las cuarenta generaciones anteriores.

La Constitución de 1978 es la obra casi perfecta de un tiempo en el que se dieron todas las conjunciones astrales que eran necesarias para meter a España en un ciclo de modernización y progreso -político, material y social- sin precedentes. También es obra de varias generaciones que, comprendidas entre el final de la Restauración y la muerte de Franco, manejaron con generosidad, inteligencia y responsabilidad inusitadas los conceptos de reconciliación, perdón, paz, democracia, unidad, consenso, oportunidad y esfuerzo, hasta lograr dos cosas que parecían imposibles: cuarenta años de ejemplar democracia, y que las generaciones actuales puedan revisar nuestra obra -no sé si con la serenidad, la prudencia y la justicia que cabía esperar- sin temer que, detrás de cada cambio, resbalón o celada, nos espere el cíclico apocalipsis que revisitó tantas veces, y de forma tan dramática, nuestra colosal historia.

Nunca antes fue posible que una generación de jóvenes enmarcase toda su vida en una Constitución tan sólida y exitosa. Con ella fui joven, y con ella me jubilo. En ella nacieron mis hijos -el primero es coetáneo de la Constitución- y en ella nacieron mis nietos. En ella obtuve mis últimos títulos universitarios y con ella espero jubilarme como profesor, viejo, experimentado y feliz. Ella nos libró del franquismo, y ella nos condujo a Europa. Con ella empezamos dando lástima, y con ella generamos, ahora, enorme admiración. Y solo una actitud popular bastante incomprensible parece empañar este camino de glorias y oportunidades, porque la redactamos con orgullo y esperanza, y, por más extraño que parezca, la quieren revisar ahora en medio de complejos e indignación inexplicables.

Esta Constitución no es sagrada ni perfecta. Pero es tan buena, y nos refleja tan bien, que nadie ha conseguido consensuar nada que garantice mejor nuestros derechos, que centre mejor nuestros esfuerzos, y que esté más probada de lo que ella está. Por eso espero que su revisión no sea ni atolondrada ni abatanada, para que, más allá de su letra, sean perpetuas sus virtudes.

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