El pueblo catalán, harto ya de su nación


Que la obsesiva pulsión nacionalista produce en quienes la padecen el mismo efecto que las drogas -alterar la percepción de la realidad hasta extremos de delirio- viene demostrado de forma concluyente por la historia. El nacionalismo es una grave patología social, con cuya tinta se han escrito algunas de las páginas más negras en los dos últimos siglos de nuestro continente.

Nadie duda ya de la demostrada capacidad de los nacionalismos para desplazar del espacio público cualquier otra cuestión. Durante el último lustro el procès catalán de construcción de una nación, por definición pétrea y homogénea, se ha impuesto, hasta hacerlos desaparecer en apariencia, sobre los problemas de una población que, como todas, es también, por definición, plural política, económica, cultural y socialmente.

Los conflictos que ahora, no por casualidad todos a un tiempo, han estallado en Cataluña en diversos colectivos (bomberos, médicos, estudiantes, docentes y otros funcionarios autonómicos) son prueba palpable de un fenómeno que antes o después tenía que llegar: el despertar de un pueblo que, ¡por fin!, parece haberse liberado de la droga nacionalista con la que sus gobernantes autonómicos habían conseguido anestesiarlo.

Pueblo, y esto es lo llamativo, que llevaba varios años desgobernado en la esfera regional, pues, desde 2010 por lo menos, todos los esfuerzos de la Generalitat se han dirigido al único objetivo de preparar una insurrección secesionista. Que tal insurrección haya terminado, como para cualquiera resultaba previsible, en una derrota estrepitosa, no quiere decir que los golpistas no hayan antepuesto a ese desvarío todo lo demás. Incluyendo, por supuesto, la gestión de los muchísimos asuntos que competen al Gobierno autonómico de uno de los territorios más descentralizados que existen en el mundo.

Por eso, inevitablemente, han acabado al final por emerger los muchos problemas que el procès había conseguido encubrir bajo la disparatada retórica de esa república catalana independiente que ha tenido enajenada a casi la mitad de Cataluña, mientras sus desafíos de verdad no hacían otra cosa que crecer en medio de un desgobierno pavoroso.

La indecente reacción de las autoridades regionales frente a ese pueblo harto ya de la nación (que ha sustituido las esteladas por pancartas reivindicativas) demuestra hasta qué punto el Gobierno catalán vive fuera por completo de la realidad. Eduard Pujol, portavoz de JxCat, pide «no distraerse de cosas que no son esenciales» y no centrarse «en las migajas»: la sanidad, la seguridad o la educación. Eso, las migajas, representan para los independentistas lo que sería para cualquier gobernante responsable los capítulos esenciales en la gestión. Los dirigentes de Cataluña se han convertido en unos extraterrestres con el insólito apoyo -digámoslo todo- de no pocos de los que ahora al parecer han despertado de tan terrible pesadilla.

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