«Nada es descartable», eso es lo malo


«Nada es descartable». El secretario de Organización del PSOE y ministro de Fomento, José Luis Ábalos, dio ayer con la frase que define con precisión la extravagante legislatura en la que nos hallamos inmersos. Al bueno de Ábalos, esa especie de Sancho Panza gubernamental entre ingenuo y realista, que parece en permanente estado de estupefacción ante los delirios políticos de los quijotescos Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, le preguntaron si el 26 de mayo podemos tener en España un superdomingo electoral. Es decir, si Sánchez, como ese desesperado jugador de ruleta que al borde de la ruina en el casino pone todas las fichas que le quedan a un solo número, hará coincidir las generales con las autonómicas, las municipales, las europeas y las de las Juntas Generales del País Vasco. No va más. Y la respuesta de Ábalos, lejos de los habituales y abstrusos juegos de palabras del líder del PSOE, fue así de simple: «Nada es descartable». Lo cierto es que ninguna otra cosa podría haber contestado el ministro. Con el timón del país en manos de Sánchez, que lo mismo declara un miércoles en el Congreso que presentará los Presupuestos pase lo que pase, que dos días después entierra esas cuentas públicas y anuncia que gobernará por decreto para ahorrarse el trago de palmar la votación sobre lo que con tanta pompa firmó con Iglesias, nada es descartable. O lo que es lo mismo, todo es posible. Incluso, que Sánchez confunda Andalucía con el resto de España, trate de aprovechar el rebufo de un buen resultado de Susana Díaz el 2-D y en mayo acabemos votando en cubos de todo a cien como los del referendo fake de Cataluña, porque no iba a haber urnas para tanta papeleta.

Pero si lo que pretende el Gobierno con ese juego de insinuaciones es presionar a los independentistas para que apoyen los Presupuestos porque si no habrá elecciones y podría llegar un Ejecutivo del PP y Ciudadanos que sería mucho peor para ellos, la artimaña no puede ser más torpe e inútil. Inútil, porque tratar de condicionar a Carles Puigdemont, que más que un político parece ya el profesor chiflado, es no entender la lógica del expresidente catalán, que se resume en que cuanto mayor sea el conflicto con el Gobierno central, mejor para él, porque sino se le acaba el cuento. Y torpe, porque el mensaje que traslada Sánchez es que si en mayo hay generales sería factible un Gobierno de Casado con Rivera o viceversa. Lo cual equivale a admitir que está en la Moncloa gracias a una moción de censura contra Rajoy que apoyaron los independentistas, pero a sabiendas de que no tiene el respaldo de la mayoría de españoles.

El problema de Pedro Sánchez es que su discurso carece de toda lógica. Si el CIS Tezanos le augura un triunfo en las generales que aplastaría a Ciudadanos, doblaría en votos al PP y dejaría en los huesos a Podemos, ¿por qué es la oposición la que exige elecciones? ¿A qué espera para convocar? Cualquier cosa, incluso un insólito superdomingo electoral, sería mejor que la incertidumbre de vivir en un país en el que «nada es descartable».

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