Historias del agua con final feliz


El pasado viernes el BOE publicaba el anuncio de la Confederación Hidrográfica del Miño-Sil, relativo a «la publicación de la Resolución de fecha 2 de octubre de 2018, recaída en el expediente de extinción del derecho del aprovechamiento de 30.000 litros por segundo. de agua del río Lor, en los términos municipales de Folgoso do Courel y Quiroga (Lugo), con destino a la producción de energía eléctrica». El que fue llamado Salto de Vilamor nació de una resolución de la Dirección General de Obras Hidráulicas, del año 1961, por la que se hacía público «haber sido otorgado a Saltos del Sil, S. A. la concesión de un aprovechamiento de aguas del río Lor, en los términos de Folgoso do Courel y Quiroga (Lugo), con destino a producción de fuerza motriz». El proyecto, ahora extinguido, preveía un salto de 259 metros con la consiguiente inundación de algunas de las áreas ambientalmente más valiosas del curso medio del río Lor, pero fueron los análisis del terreno y la dificultad de ejecución, y no el daño al patrimonio natural y cultural de la comarca, los motivos por los que el embalse fue desechado.

Algo parecido, aunque más controvertido, ocurrió con el embalse del Gran Suarna en A Pobra de Navia. La historia nació a comienzos de los años cincuenta y durante sesenta años supuso una pesada losa para el desarrollo de la comarca. La polémica, finalizada hace ahora seis años, se centró en la validez de la concesión franquista y, por tanto, en la exención del informe de impacto ambiental de la obra.

Afortunadamente se impuso el sentido común y las absurdas alegaciones de la eléctrica amparándose en la lucha contra el cambio climático y afirmando que «sumergir yacimientos arqueológicos no implicaba su destrucción» fueron rechazadas. Finalmente, la concesión fue revocada, con lo que el patrimonio natural y etnográfico del Navia quedó a salvo, aunque otro tipo de agresiones al mismo están hoy presentes.

Es bien conocido que otros embalses fueron adelante, como el de Santo Estevo del Sil, inaugurado en el año 1956, sin ninguna actuación ecológica, o el demencial embalse de Riaño (León) mucho más reciente y conflictivo.

En todos ellos, una parte importante del valioso patrimonio de nuestros ríos y pueblos fue anegado. Sufrió la fauna, los bosques de ribera desaparecieron y con ellos su función de corredores biológicos; las comunidades hidrófilas de bordes, remansos y orillas siguieron el mismo camino. Ríos vivos se convirtieron en aguas muertas.

Tal vez por ello cuando leí la resolución del viernes sobre el embalse de O Courel me llevé una alegría, porque sin olvidar la tristeza por los ríos perdidos, aun quedan historias del agua con final feliz.

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