El francotirador franquista


Las redes y los grupos de WhatsApp no son la barra del bar ni el máximo exponente de una libertad de expresión que en demasiadas ocasiones se convierte en mala educación. Todo lo que se dice o vuelca en ellas deja una huella tan profunda como las ponzoñosas grabaciones de Villarejo. Y puede provocar alertas. Muchas veces son infundadas o exageradas y devienen en modernas cazas de brujas y en infinitas adaptaciones de ese clásico llamado Pedro y el Lobo. Otras no. Supuestamente fue una dirigente local del partido ultraderechista Vox quién puso a la policía sobre la pista del vigilante y exatleta profranquista que quería «sacrificarse» por España y acabar con la vida de Pedro Sánchez, «ese rojo de mierda». Nadie le dio un chivatazo. Simplemente leyó sus mensajes en un grupo. Nada más y nada menos. El «francotirador» iba en serio y tenía un arsenal. Nadie le prestó el apoyo logístico que pedía, pero en Twitter no resulta difícil encontrar a un batallón de simpatizantes. Manuel Murillo estaba solo y no será el Lee Harvey Oswald español, pero su proyecto de magnicidio no puede desligarse de la creciente tensión política de los últimos años. Guerras culturales, bandos, cruzadas, líneas rojas y excesos verbales son perfectos ingredientes para un mal caldo, amargo, peligroso y explosivo.

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