Hipotecas, la batalla populista


El señor presidente del Gobierno está eufórico. El Tribunal Supremo le hizo un regalo de esos que hacen época: le sirvió el balón del impuesto hipotecario, y Messi Sánchez no tuvo más que disparar a placer para marcar el primer gol de la liga electoral. Ante la prensa soltó una de esas frases que marcan paquete: «Nunca más los españoles pagarán el impuesto de las hipotecas». Pues no sé yo, presidente. Es que hay al menos dos formas de pagar. La más elemental la anunció un directivo de Caixabank que comunicó que repercutirán el importe en el solicitante del crédito hipotecario: basta con subirle medio punto el interés. La más grosera es poner más caros servicios y comisiones, y ya seremos todos los usuarios los encargados de compensar el impuesto: es un modo de socializarlo.

Cuando se dice que «la banca siempre gana», no se hace referencia solo al ámbito judicial, sino a la esencia de su negocio. Ahora bien: ese chascarrillo es en este momento de una inmensa rentabilidad política a poco instinto de supervivencia que tenga el gobernante. Sánchez lo tiene y quedará en las crónicas adictas como el presidente que quita el dinero al poderoso para dárselo al necesitado. Esto, si es bien gestionado por un listillo de la comunicación, puede ser una mina de votos.

Messi Sánchez hizo lo que ni se les ocurrió a Felipe González, ni a Aznar, ni a Rajoy ni al mismísimo Zapatero, que es el campeón de las reformas sociales. Ninguno de ellos vio que el impuesto sobre actos jurídicos documentados debería ser pagado por los bancos y todos permitieron la clamorosa injusticia de que lo pagase el cliente. No contaron con la inapreciable ayuda del Supremo.

Pero Messi Sánchez se encontró con otro delantero que no estaba en sus previsiones: Pablo Iglesias, que tiene tanto olfato de gol como el presidente. Y el líder de Podemos le adelanta por la izquierda: no basta que paguen los bancos; es preciso que se devuelva el dinero a todos los que firmaron una hipoteca. Con esa reclamación convoca a las masas: ya está bien de que los bancos se salgan siempre con la suya, que devuelvan lo que les hemos prestado cuando más lo necesitábamos todos.

Esa es la batalla que viene, porque la propuesta de Pablo Casado se cae por su propio peso: no es de recibo dejar a las autonomías sin uno de sus ingresos más importantes. Así que se abre una entretenida contienda por ver quién socorre más al débil y quién mete más la mano en el bolsillo de los banqueros. Quitada la autoridad al Supremo, sembrada por el propio Sánchez la semilla de su pérdida de credibilidad, ahora se quiere hacer una sentencia desde el tribunal de la calle.

El populismo, y no digamos el oportunismo, se ha instalado en el poder.

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